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Se busca un Jean Monnet árabe

No hay duda de que el Oriente Próximo es una de las regiones en crisis más peligrosas del mundo. La próxima guerra, ataque terrorista o iniciativa de paz fallida puede acechar a la vuelta de la esquina. En comparación con los altibajos políticos de esta región, subir a una montaña rusa es una experiencia sedante.

Y, sin embargo, el Oriente Próximo es una región que, con todos sus innumerables conflictos, apenas ha cambiado, languideciendo en una extraña especie de punto muerto. Debe de haber una correlación intrínseca entre la falta de dinamismo para el desarrollo de la mayoría de las sociedades del Oriente Próximo y el hecho de que la región tenga una tendencia tan acusada a sufrir una crisis tras otra.

El conflicto entre Israel y los palestinos destaca como ejemplo de la naturaleza estática de esta región geopolítica clave, porque parece ser completamente impermeable a los acontecimientos internacionales. Los otomanos, los británicos, la descolonización, la Guerra Fría, numerosos presidentes estadounidenses y una cantidad todavía mayor de mediadores internacionales han pasado por esas tierras, pero los parámetros del conflicto y la incapacidad de encontrar una solución nunca parecen cambiar.

No obstante, esta impresión –que es correcta con respecto al pasado- podría resultar engañosa en el futuro, porque dos megatendencias globales someterán a la región a cambios más profundos que todo lo que las crisis políticas y guerras previas pudieron producir.