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Sacudiendo el “Síndrome del Bebé Sacudido”

OXFORD – El episodio más trágico que les pueda suceder a padres primerizos es la muerte repentina e inesperada de su bebé. Lo único que tal vez pueda resultar peor es que a los padres se los acuse erróneamente de provocar la muerte y sean procesados, debido a una mala interpretación de la investigación por parte de la comunidad médica.

Un pequeño número de bebés que sufren un colapso y mueren inesperadamente en su primer año de vida tienen uno o más de los siguientes tres síntomas en común: un sangrado por fuera del cerebro (hemorragia subdural), un sangrado en la parte posterior del ojo (hemorragia retinal) y una inflamación del cerebro.

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Estas mismas características también se detectan en algunos bebés que han sufrido un trauma, como una caída o un accidente automovilístico. Sin embargo, muchos bebés con esos síntomas no exhiben ningún antecedente o evidencia médica de un trauma (como fracturas, abrasiones o moretones), abuso físico o abandono.

Los pediatras se debatieron frente a este enigma hasta los años 1970, cuando se propuso que sacudir a un bebé podría inducir fuerzas rotacionales y causar la “tríada” de síntomas sin moretones o fracturas. Con el transcurso de los años, esos hallazgos evolucionaron hasta convertirse en el “síndrome del bebé sacudido” (SBS por su sigla en inglés), una hipótesis médico-legal que sigue siendo polémica, y científicamente no comprobada, hasta la fecha.

La hipótesis del SBS atribuyó la tríada de síntomas a la ruptura física de vasos sanguíneos en la superficie del cerebro y en la retina, y el desgarro de fibras nerviosas dentro del cerebro. Se sugirió que estas consecuencias requerían una fuerza equivalente a una caída de varios pisos o a un accidente automovilístico importante, que causaba síntomas o un colapso inmediatos. Como una sacudida violenta no puede ser accidental, la hipótesis simultáneamente estableció un acto criminal e identificó al perpetrador, normalmente la persona que estaba con el bebé en el momento del colapso.

Si bien la hipótesis del SBS se incorporó en la capacitación médica y en las decisiones judiciales en todo el mundo, ya han pasado casi dos décadas y todavía no ha sido probada. En 1987, los primeros experimentos biomecánicos determinaron que la fuerza de la sacudida es mucho menor que la del impacto y concluyeron que era improbable que una sacudida por sí sola causara la tríada de síntomas.

La investigación subsiguiente en mi especialidad, la neuropatología pediátrica, estableció que el sustento médico para la hipótesis del SBS también era erróneo. Nos enteramos de que el daño cerebral en estos niños no reflejaba ningún trauma en las fibras nerviosas, sino una deficiencia del flujo sanguíneo. También nos enteramos de que las hemorragias subdurales típicas en estos casos son demasiado delgadas como para ser generadas por la ruptura de las grandes venas emisarias sobre la superficie del cerebro. Y aprendimos que las mismas consecuencias se detectan en muertes naturales. En los últimos diez años, la lista de otras causas –entre ellas un trauma accidental, causas genéticas y enfermedades naturales- siguió creciendo.

Quizá la observación más convincente en los últimos años sea que las hemorragias subdurales están presentes en casi la mitad de los recién nacidos normales y sanos sin ninguna evidencia de trauma al momento del nacimiento. Estos hallazgos, combinados con la anatomía inmadura de la dura del bebé, sugieren que el sangrado dural en bebés jóvenes puede ser un mecanismo natural de protección –un reservorio para impedir un reflujo en los vasos sanguíneos del cerebro durante las fluctuaciones de presión del trabajo de parto y el parto normales.

Como estas características anatómicas persisten en los primeros años de la niñez, la dura puede seguir siendo vulnerable al sangrado aún después del período de recién nacido. De hecho, tanto los sangrados relacionados con el nacimiento como los atribuidos a una sacudida la mayoría de las veces se ubican en los pliegues de las membranas que cubren el cerebro, que tienen más vasos sanguíneos, y más grandes, a esta edad que más tarde en la vida.

Si bien la evidencia científica de los últimos treinta años ha minado la hipótesis del bebé sacudido, no ha surgido nueva evidencia para respaldarla. Más bien, varios investigadores se han basado en los datos de estudios anteriores para calcular la probabilidad estadística de un daño cerebral infligido cuando existen ciertos síntomas (como hemorragia intracraneal, hemorragia retinal, inflamación cerebral y convulsiones). Estas probabilidades luego se ofrecen como la base del diagnóstico y como evidencia judicial.

Sin embargo, el razonamiento detrás de los estudios sobre los cuales se basan estos investigadores es circular, y está fundamentado en presunciones que, hoy se sabe, no son confiables. Por ejemplo, en algunos estudios, los investigadores decidieron arbitrariamente que las caídas de menos de un metro no podían dañar a un bebé, de modo que los padres que describían una caída de ese tipo seguramente estaban mintiendo. Otros estudios determinaron que la incapacidad de los padres de explicar los hallazgos era una evidencia de abuso.


Dadas estas deficiencias, las revisiones de estudios antiguos no ofrecen una base de evidencia confiable para diagnosticar un abuso. Simplemente predicen la probabilidad de que resultados específicos sean categorizados como abusivos y que, en consecuencia, la persona al cuidado del niño en el momento sea acusada o procesada por abuso, más allá de la precisión del diagnóstico.

Los principales defensores de la hipótesis del SBS hoy admiten que la tríada es un “mito”, que los diagnósticos de SBS consisten en una “especulación informada” y que la hipótesis está respaldada exclusivamente por confesiones. Algunos tribunales están empezando a decir lo mismo –un juez federal de Estados Unidos cataloga las confesiones obtenidas de “inválidas como evidencia”, mientras que otro juez observa que, dados los desarrollos recientes, las acusaciones de SBS pueden ser “más una cuestión de fe que una propuesta científica”.

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Nadie cuestiona que los bebés puedan sufrir lesiones o inclusive morirse como consecuencia de una sacudida violenta o un abuso; por supuesto que sí. La verdadera cuestión es si se puede inferir una sacudida o un abuso sobre la base de una hipótesis que carece de respaldo científico. En ninguna otra área de la medicina o el derecho una hipótesis no comprobada ofrecería una base para el diagnóstico, muchos menos para un procesamiento penal.

Dados los progresos de los últimos diez años, hoy enfrentamos la posibilidad de que durante los últimos treinta años hayamos encarcelado erróneamente a padres en base a una hipótesis plagada de errores.