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La crisis de identidad de las universidades europeas

MADRID – La educación superior europea se encuentra hoy en un estado de profunda incertidumbre. ¿Cuál debería ser su énfasis principal: la investigación, la formación profesional o la inclusión social? ¿Deberían los gobiernos destinar más fondos a las universidades para apuntalar el crecimiento económico de largo plazo? ¿Se debería dejar que compitan solas y sobrevivan (o no) en un mercado educativo global?

Los debates sobre su papel en el futuro no deben hacer que las universidades europeas pierdan de vista su identidad individual, sus tradiciones y su sentido social. No será fácil, porque los administradores universitarios enfrentan presiones desde arriba (las instituciones europeas y sus gobiernos nacionales) y de sus propios investigadores, académicos y estudiantes.

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Más aún, los parámetros del debate están perdiendo precisión. Por una parte, las universidades están cumpliendo acuerdos de larga data con los respectivos gobiernos; por otra, se enfrentan a reformadores vehementes que desean soluciones de mercado que pongan el acento en la competencia entre instituciones, impulsen la movilidad de funcionarios y estudiantes y enfaticen la formación centrada en el alumno.

Obviamente, estas perspectivas tienen implicaciones muy diferentes para el futuro de las universidades, que tradicionalmente estaban a cargo de hacer investigación, dar formación profesional y ofrecer a los jóvenes una base cultural mientras entraban a formar parte de la sociedad. Hoy ninguno de estos objetivos parece seguro. De hecho, el peligro más grave para las universidades europeas es sufrir un largo periodo de confusión sobre sus objetivos últimos.

La razón de ser de las universidades siempre ha sido la búsqueda de la verdad a través de la observación, la experimentación, la argumentación racional y la crítica mutua. Esto se refleja en el hecho de que los gobiernos animen a algunas instituciones europeas a estar a la altura de la excelencia de investigación lograda por otras universidades de primer nivel en los Estados Unidos.

Sin embargo, no todas las universidades europeas se ven principalmente a sí mismas como instituciones de investigación. Muchas prefieren preparar a sus alumnos para el mundo del trabajo, pero las habilidades que hoy se exigen fuera del mundo académico están cambiando con tanta rapidez que deben luchar por aunar las habilidades cognitivas genéricas que se enseñan en las aulas (como pensar con sentido crítico, razonar analíticamente, solucionar problemas y redactar) con la experticia profesional que se adquiere cada vez más en el lugar de trabajo. Y si todos esos años de estudios no se traducen en mayores habilidades cognitivas, pierde sentido gran parte de la justificación económica para invertir en educación superior.

Las universidades también han tenido una misión de servicio público: proporcionar a sus estudiantes una base cultural sobre la que desarrollar sus vidas. Esta finalidad puede parecer cada vez más polémica en las sociedades occidentales pluralistas, pero como mínimo las universidades deberían dotar a sus alumnos con una comprensión de los modelos, la historia y los fundamentos filosóficos con los que debatir estos asuntos. Sin una conciencia razonable de su entorno sociocultural, pueden terminar viendo a las universidades meramente como un lugar donde buscar el logro de sus objetivos personales, establecer contactos útiles, disfrutar de la vida estudiantil y tal vez pillar una sensación de diversidad superficial.

Sea cual sea el rumbo que tomen las universidades europeas, será cada vez más difícil mantener una identidad clara frente al cambio global y la reforma educativa. Los investigadores ya no están confinados a sus torres de marfil, sino que trabajan en complejas redes globales junto a participantes del sector privado. Los catedráticos titulares, que antes eran un elemento central para la vida y la imagen de un centro de educación superior, se ven reemplazados por un profesorado a tiempo parcial y sin vínculos sólidos con su institución.

De manera similar, la concepción que está surgiendo sobre las universidades, inspirada en gran medida en el mundo corporativo (los “administradores educacionales” aplican “mejores prácticas” y están siempre listos a ascender al siguiente puesto) no tiene en mucha consideración la vida y las tradiciones institucionales. Y a los alumnos, como meros consumidores de un servicio, se les invita a escoger profesores, planes de estudio y emplazamientos.

Puede que algunas personas sientan entusiasmo por estos cambios, pero perderán sentido si terminan por socavar la identidad misma de las universidades europeas, muchas de las cuales están acostumbradas a funcionar en un mundo de patrocinio estatal y estrictas normativas. Las autoridades deben tener consciencia del daño que pueden generar esas constantes reformas, aunque vengan justificadas en la jerga de moda sobre el futuro.

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Las universidades deben proteger sus recuerdos institucionales, sus tradiciones locales y el compromiso con cada nueva generación de estudiantes. Una red leal y agradecida de ex alumnos puede contribuir a ello. La alternativa es una experiencia educativa formalista que no solamente carezca de carácter individual sino de toda finalidad moral.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen