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¿El fin del poder blando de Estados Unidos?

NUEVA DELHI – Una de las principales víctimas de la victoria de Donald Trump en la muy reñida elección presidencial en los Estados Unidos será sin duda el poder blando de este país en todo el mundo, hecho que será difícil (o tal vez imposible) revertir, especialmente para Trump.

Tradicionalmente, el poder político global de los países se evaluaba según su capacidad militar: el que tuviera el ejército más grande sería el más poderoso. Pero esta lógica no siempre se correspondió con la realidad. Estados Unidos perdió la Guerra de Vietnam; la Unión Soviética fue derrotada en Afganistán. Poco después de ingresar a Irak, Estados Unidos descubrió cuánta verdad había en la frase de Talleyrand: con las bayonetas, todo es posible, menos sentarse encima.

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Hablemos ahora del poder blando. El término fue acuñado en 1990 por Joseph S. Nye (de la Universidad de Harvard) para referirse a la influencia que un país (y en particular, Estados Unidos) ejerce, por fuera de su poder militar (“duro”). Para Nye, el poder se basa en la capacidad para obtener de otros lo que se quiere, sea mediante la coerción (el palo), la recompensa (la zanahoria) o la atracción (el poder blando). Y añade que quien ejerce atracción sobre otros puede ahorrarse palos y zanahorias.

Nye sostiene que el poder blando de un país surge de su cultura (en lugares donde atrae a otras personas), sus valores políticos (cuando los cumple dentro y fuera de sus fronteras) y su política exterior (cuando se la considera legítima y provista de autoridad moral). Pero yo creo que también surge de la imagen que tiene el mundo de ese país: las asociaciones y actitudes que despierta su nombre. El poder duro se ejerce; el poder blando se evoca.

Estados Unidos ha sido la mayor economía del mundo y su democracia más antigua, un refugio para los inmigrantes y la tierra del Sueño Americano: la promesa de que todos pueden ser lo que se propongan con tal de esforzarse para conseguirlo. También es el hogar de Boeing y de Intel, Google y Apple, Microsoft y MTV, Hollywood y Disneylandia, McDonald’s y Starbucks; en síntesis, algunas de las marcas e industrias más reconocibles e influyentes del mundo.

La atracción de estos activos, y del estilo de vida americano que representan, es que permiten a Estados Unidos persuadir a los demás de adoptar su agenda, en vez de obligarlos. En este sentido, el poder blando actúa a la vez como alternativa y como complemento del poder duro.

Pero el poder blando (incluso el de Estados Unidos) tiene límites. Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, hubo una oleada mundial de apoyo a los Estados Unidos. Pero este lanzó la “guerra contra el terrorismo”, para la que apeló en gran medida al poder duro. Los instrumentos de ese poder (la invasión a Irak, la detención por tiempo indeterminado de “combatientes enemigos” y otros sospechosos en la cárcel de la bahía de Guantánamo, el escándalo de Abu Ghraib, las revelaciones sobre centros de detención clandestinos de la CIA, el asesinato de civiles iraquíes a manos de contratistas de seguridad privados) no cayeron bien en la opinión pública internacional.

Los activos de poder blando estadounidense no compensaron las deficiencias de su estrategia de poder duro. Los entusiastas de la cultura estadounidense no estaban dispuestos a pasar por alto los excesos de Guantánamo. Usar Microsoft Windows no predispone al usuario para aceptar que el país que lo produce se dedique a la tortura. Estados Unidos sufrió una importante pérdida de poder blando, lo que demuestra que el modo en que un país ejerce el poder duro afecta su capacidad de evocar el otro.

Pero el discurso interno estadounidense pronto superó sus retrocesos en materia de política exterior, lo que se debió en parte a la inédita conectividad actual. En un mundo de comunicaciones en masa instantáneas, los países son juzgados por una audiencia internacional que se nutre de un flujo incesante de noticias en Internet, videos caseros y comentarios en Twitter.

En esta era de la información, según Nye, hay tres tipos de países con más capacidad de obtener poder blando: aquellos cuyas culturas e ideales dominantes se acerquen más a las normas que prevalecen en el mundo (que ahora favorecen el liberalismo, el pluralismo y la autonomía); los que tengan más acceso a múltiples canales de comunicación y puedan así influir más en la presentación de los temas; y aquellos cuya actuación interna e internacional refuerce su credibilidad. Estados Unidos tuvo un desempeño bastante bueno en todos estos frentes.

De hecho, la cultura y los ideales de Estados Unidos son la referencia mundial, y el funcionamiento de su política interna reforzó su credibilidad internacional. Superar un legado de siglos de esclavitud y racismo para elegir un presidente negro en 2008 y reelegirlo en 2012 parecía la prueba viviente de la capacidad del país para reinventarse y renovarse.

Pero la llegada de Trump al poder hizo añicos esa imagen. Expuso y alentó tendencias que el mundo nunca asoció con Estados Unidos: xenofobia, misoginia, pesimismo y egoísmo. Un sistema que prometía un campo de juego parejo donde todos pudieran cumplir sus aspiraciones es acusado por sus propios líderes políticos de estar amañado en contra de los ciudadanos comunes. Un país que predica a otros sobre la práctica democrática acaba de elegir a un presidente que insinuó que si perdía, tal vez no reconociera el resultado.

Nye sostuvo que en una era de información, el poder blando suele beneficiar al país que cuente “la mejor historia”; y Estados Unidos siempre fue la tierra de las mejores historias. Tiene prensa libre y una sociedad abierta; acoge a inmigrantes y refugiados; tiene sed de nuevas ideas y talento para la innovación. Todo esto dio a Estados Unidos una extraordinaria capacidad para contar historias más convincentes y atractivas que sus rivales.

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Pero la historia de Estados Unidos que se contó en esta elección menoscaba seriamente el poder blando que evoca. El miedo triunfó sobre la esperanza. El Sueño Americano se convirtió en la pesadilla del mundo. Y los demonios que salieron de la caja de Pandora en 2016 (expuestos en reiterados informes de ataques racistas por parte de trumpistas blancos) seguirán haciendo estragos en la autopercepción del país y en la imagen que el resto del mundo tiene de él. Estados Unidos ya no nos parecerá el mismo... y el mandato de Trump ni siquiera empezó.

Traducción: Esteban Flamini