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Los Estados Unidos a la deriva

TOKYO – Las vacilaciones, la ambivalencia, los giros de 180 grados y los trucos políticos del Presidente Obama con el Congreso de los EE.UU. sobre el posible castigo a Siria por su utilización de armas químicas sólo han conseguido dos cosas seguras: ha aumentado el prestigio diplomático de Rusia por primera vez en muchos años y ha asustado a aquellos de los aliados de los EE.UU. –desde Arabia Saudí e Israel hasta el Japón y Corea del Sur– que dependen en gran medida de sus promesas. Para reducir al mínimo los efectos de esas dos consecuencias, los Estados Unidos deben imponer ahora con la máxima determinación la aplicación de su acuerdo con Rusia sobre la eliminación de las armas químicas de Siria, pero, ¿lo harán?

El comentario, propiciado por la presión del momento, del Secretario de Estado de los EE.UU., John Kerry, de que, si se entregaban todas las armas químicas, se podía evitar un ataque militar a Siria, fue un regalo diplomático a Rusia y el Kremlin, que no se caracteriza precisamente por su destreza diplomática, se apresuró a responder proponiendo que se obligara al régimen sirio del Presidente Bashar Al Asad a adherirse a la Convención sobre las Armas Químicas y a poner su arsenal químico bajo control de las Naciones Unidas.

La iniciativa de Putin resultó ser un salvavidas diplomático, pues la jugada de Obama de solicitar la aprobación del Congreso para un ataque a Siria parecía condenada a fracasar, lo que habría minado su autoridad como comandante en jefe de los Estados Unidos. Aunque el acuerdo puede aún privar al régimen de Asad de algunas de sus armas más peligrosas, el proceso –en caso de que se pueda llamarlo así– que lo propició ha fortalecido la impresión mundial de que la política exterior de los EE.UU. en el segundo mandato de Obama va a la deriva o se orienta hacia el aislacionismo.

La reacción de los EE.UU. ante la llamada “primavera árabe”, por ejemplo, ha carecido de convicción política y aún más de dirección estratégica. Los nuevos (que son los antiguos) gobernantes militares de Egipto, por ejemplo, han concluido que se pueden pasar por alto las críticas americanas, porque, por razones geopolíticas, los Estados Unidos no pueden suprimir su ayuda a Egipto. Cuando me reuní con el ministro de Asuntos Exteriores de Egipto, Nabil Fahmy, el pasado mes de agosto, insinuó la insatisfacción del nuevo régimen ante los intentos de la Unión Europea y de los EE.UU. de influir en los asuntos internos de su país. Según dijo, Egipto entendía la importancia de la democracia y de los derechos humanos, pero la máxima prioridad del Gobierno debe ser la de evitar la agitación.