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Por un impuesto de sociedades competitivo

BERKELEY – Es posible que en los próximos meses, la reforma del impuesto de sociedades sea un área de acción conjunta bipartidaria en el Congreso de los Estados Unidos, pero todavía subsisten dudas básicas acerca del modo correcto de encararla.

Casi todos coinciden en que el impuesto de sociedades estadounidense tiene profundas falencias: el tipo impositivo es demasiado alto, la base es demasiado estrecha, es costoso de administrar y se complica por un sistema de créditos fiscales, deducciones y tratos preferenciales con efecto distorsivo que daña la economía.

A pesar del elevado tipo impositivo, el impuesto de sociedades supone una cuota relativamente pequeña de los ingresos del fisco estadounidense; esto se debe en parte a que una proporción creciente de la facturación total de las empresas (más del 30% en la actualidad) fluye a través de lo que se denomina “entidades fiscalmente transparentes”, que no pagan el impuesto corporativo. De hecho, los principales contribuyentes del impuesto de sociedades son unas pocas grandes multinacionales que obtienen más de la mitad de sus ingresos de operaciones en el extranjero.

Estas compañías compiten en mercados globales con empresas radicadas en países que usan políticas impositivas laxas para atraer inversiones, ingresos y externalidades derivadas de las multinacionales. El problema para Estados Unidos es que las economías desarrolladas y emergentes vienen recortando sus tipos impositivos, lo que deja a Estados Unidos (que después de la reforma impositiva de 1986 quedó con uno de los impuestos corporativos más bajos del mundo desarrollado) en seria desventaja.