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De cómo distender el conflicto comercial entre Estados Unidos y China

DAVIS – Todos los años desde el 2000, cuando el entonces candidato presidencial George W. Bush calificó a China de “competidor” estratégico de Estados Unidos, he recibido la llegada de la Navidad con un suspiro de alivio de que la guerra comercial sino-norteamericana se hubiera evitado otros 12 meses.

Pero en enero, mi alegría navideña suele ser reemplazada por una sensación de temor ya que las tensiones que alimentaban la retórica de Bush –y las razones por las que descartó el rótulo de “socio” que prefería Bill Clinton- nunca se abordaron de manera adecuada. Y, como estamos viendo ahora, los riesgos para la economía global se han vuelto más amenazantes año tras año desde entonces.

La guerra comercial in crescendo entre Estados Unidos y China es una respuesta a tres cuestiones que los líderes norteamericanos han articulado desde hace mucho tiempo: las pérdidas de empleos, la competencia en torno a la tecnología y lo que se percibe como una amenaza china a la seguridad nacional de Estados Unidos. 

La primera cuestión –las pérdidas de empleos estadounidenses a manos de China- se ve como una consecuencia de los excedentes comerciales de China, que Estados Unidos normalmente intentó remediar propugnando una revaluación del renminbi. Pero esta estrategia es errónea; el tipo de cambio es sólo un factor que causa el desequilibrio comercial, y es poco probable que cualquier apreciación del renminbi vaya a alterar el status quo en un mundo multipolar. Consideremos, por ejemplo, lo que sucedió después de la implementación del Acuerdo Plaza en 1985, que hizo aumentar el valor del yen: Estados Unidos le compró menos a Japón, pero le compró más a otros países, lo que hizo que el déficit comercial general de Estados Unidos se mantuviera más o menos sin cambios.

El desequilibrio comercial entre Estados Unidos y China surge de fallas estructurales. Para China, esas fallas incluyen una red de seguridad social débil, que ha incrementado las tasas de ahorros, y el retraso de un sistema bancario estatal que ha reducido las inversiones y enviado el exceso de ahorros al exterior. Para Estados Unidos, por otro lado, los crecientes gastos militares y los frecuentes recortes impositivos han creado las condiciones económicas para los déficits comerciales, y los programas inefectivos de ajuste no han hecho más que exacerbar el impacto del comercio en los empleos. La obsesión de Estados Unidos con una apreciación del renminbi como el santo remedio para el desequilibrio del comercio bilateral simplemente ha desviado la atención y sus causas reales finalmente nunca se abordaron.

La segunda cuestión que empuja a Estados Unidos y a China a una guerra comercial es la competencia en torno a la tecnología. Durante décadas, y especialmente desde mediados de los años 1990, China ha hecho de la transferencia de conocimiento a través de empresas mixtas con socios chinos una condición para acceder a su enorme mercado. Muchos ejecutivos de empresas norteamericanas finalmente se oponen a estas políticas y se quejan de ser “obligados” a compartir su tecnología. Este coro de reclamos es tan fuerte que el “robo” de tecnología puede ser una mayor preocupación para los norteamericanos que el tamaño del déficit comercial de Estados Unidos.

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Y, sin embargo, considerando que las empresas involucradas son, en su totalidad, participantes por voluntad propia, términos como “obligados” y “robo” son maniobras distractivas. Es más, los productos que producen las empresas conjuntas con inversión extranjera normalmente resultan favorecidos con precios monopólicos en China, un beneficio que debilita aún más el argumento estadounidense.

Aun así, las autoridades chinas no deberían hacer oídos sordos. A falta de acuerdos antimonopolio, las disputas comerciales que involucran a una parte que tiene un predominio del mercado por lo general sólo se resuelven mediante la capacidad de la “víctima” de movilizar una represalia. Ahora que el gobierno de Estados Unidos toma medidas en nombre de las empresas estadounidenses, las políticas industriales de China tendrán que cambiar en consecuencia, especialmente si los gobiernos europeos siguen el ejemplo de Estados Unidos, como puede pasar en algunos casos.

Existen muchas razones por las que el actual gobierno estadounidense está actuando ahora de manera tan agresiva, pero se destacan dos: primero, una mayor sensación de vulnerabilidad proporcional a la caída de la influencia global de Estados Unidos; y, segundo, las tecnologías que China está adquiriendo de empresas extranjeras son tecnologías de frontera. Si bien China quizá nunca se convierta en un poder hegemónico verdaderamente global (porque su ascenso coincide con el de la India), Estados Unidos de todos modos se siente amenazado por la presencia geoestratégica de rápida expansión de China.

Y esto nos lleva a la tercera preocupación de Estados Unidos: la seguridad nacional. Lo que sustenta la indignación por la transferencia de tecnología es la idea de que el ingenio norteamericano algún día pueda ser utilizado contra los intereses estadounidenses. Pero esto también se puede resolver. Por ejemplo, Estados Unidos podría reforzar los procesos de revisión realizados por el Comité para las Inversiones Extranjeras en Estados Unidos (CFIUS por su sigla en inglés). Con un mayor aporte del CFIUS sobre los tipos de asociaciones y acuerdos extranjeros que requieren de aprobación federal, Estados Unidos podría reducir los riesgos de un retroceso tecnológico.

En la medida que el orden internacional pasa de una era de hegemonía liderada por Estados Unidos a una de multipolaridad, las esferas superpuestas de influencia aumentarán las posibilidades de una fricción económica y política. La prosperidad global exige que el sistema de libre comercio multilateral se mantenga y se fortalezca, y esto se puede lograr sólo si se garantizan los intereses de seguridad nacional de las potencias regionales.

En consecuencia, es importante que los líderes tanto en Estados Unidos como en China reconozcan la complejidad de su relación. En cuestiones como la no proliferación nuclear, las dos partes son socios estratégicos, como argumentaba Clinton. Pero, en otras áreas, como la investigación y el desarrollo, el rótulo de “competidor” de Bush es más apropiado. Para zanjar esta división y reducir las tensiones, los líderes deben implementar medidas que fortalezcan la confianza.

Para China, esto podría significar garantizar una mayor reciprocidad en sus relaciones comerciales y de inversión con las economías avanzadas, a pesar de su condición de país en desarrollo en la Organización Mundial de Comercio. También podría implicar ofrecer un trato nacional (el mismo proceso de registración que para las empresas nacionales) a más compañías extranjeras y aliviar las restricciones a las adquisiciones extranjeras de empresas chinas, de manera que sea consistente con la seguridad nacional.

En cuanto a Estados Unidos, debería dejar de equiparar la competencia estratégica (muchas veces un juego de suma cero) con la competencia económica (que puede ser de suma cero en el corto plazo, pero que genera resultados ventajosos para todos en el largo plazo). El dinamismo económico y la resiliencia a nivel nacional surgen de permitir la competencia internacional, no de aislar permanentemente a las empresas de alta tecnología domésticas.

El actual conflicto comercial entre Estados Unidos y China se ha venido gestando desde hace décadas; para hacerlo retroceder hará falta que ambas partes reconozcan que las viejas maneras de pensar el comercio se han vuelto contraproducentes. A menos que ambas partes empiecen a distinguir entre competencia económica y estratégica, la guerra comercial entre Estados Unidos y China no habrá terminado para Navidad.

http://prosyn.org/1rg6k1Y/es;

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