El hombre de la cara de palo sin máscara

Desde que se convirtió en Secretario General del Partido Comunista Chino y Presidente de la República Popular China hace cuatro años, Hu Jintao ha permanecido exasperantemente opaco y con expresión impasible. Sin embargo, en el transcurso del año pasado, el lienzo de misterio ha empezado a caer. La glorificación desenfrenada de Hu del “pensamiento de Mao Zedong”, junto con la supresión del disentimiento de los medios de comunicación, empezó no sólo a revelar a un verdadero autoritario sino también a negar el deseo ilusorio de los liberales tanto dentro como fuera de China, quienes esperaban que Hu sería un líder reformista.

Deng Xiaoping, el fallecido patriarca, fue quien en 1992 exigió sorprendentemente que se incluyera a Hu, anterior secretario de la Liga Comunista Juvenil y protegido del expulsado jefe del partido, Hu Yaobang, en el Comité Permanente del Politburó del Partido Comunista Chino. En efecto, Deng designó personalmente a Hu como sucesor del presidente Jiang Zemin. Así como Deng había aplastado a los manifestantes en la Plaza de Tiananmen en junio de1989, Hu había mostrado ser “firme y decidido” al sofocar dos meses antes los disturbios en contra de Beijing en Lhasa, Tibet. Ambos entendían los peligros de la reforma política.

Hu, funcionario del partido de toda la vida, logró engañar a la mayoría de los observadores durante su primer año en funciones. Junto con el Primer Ministro Wen Jiabao –llamado frecuentemente el Zhou Enlai de su época por sus habilidades administrativas y su disposición a desempeñar un papel secundario- elaboraban lemas impresionantes, uno tras otro: “la gente primero”, “que el país funcione de acuerdo con las leyes”, “acerquemos los medios de comunicación al pueblo” y “hagamos un gobierno transparente”. El liderazgo parecía alejarse del antiguo régimen de Jiang.

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