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Universidades: ¿Renacimiento o decadencia?

"Las universidades europeas, tomadas como un grupo, no están logrando proporcionar la energía intelectual y creativa que se necesita para mejorar el mal desempeño económico del continente". Esta dramática afirmación es la introducción de un nuevo panfleto cuyo subtítulo, "Renacimiento o decadencia" he tomado prestado para esta reflexión.

Los dos autores del panfleto, Richard Lambert, ex editor de la revista Financial Times y próximo director de la Confederación de la Industria Británica, y Nick Butler, vicepresidente general de estrategia y desarrollo de políticas de la British Petroleum, no representan intereses académicos creados. Lo que dicen acerca de Europa tal vez se aplica también a la mayor parte del mundo, aunque no a los Estados Unidos.

Aleppo

A World Besieged

From Aleppo and North Korea to the European Commission and the Federal Reserve, the global order’s fracture points continue to deepen. Nina Khrushcheva, Stephen Roach, Nasser Saidi, and others assess the most important risks.

Lambert y Butler identifican cuatro debilidades principales de las universidades europeas que es necesario abordar. Dicen que se necesita lo siguiente:

Ÿ mayor diversidad en lugar de la uniformidad actual;

Ÿ incentivos para que las universidades tengan éxito, lo que implica la necesidad de que se fijen mayores ambiciones;

Ÿ menos burocracia y mayor libertad y responsabilidad;

Ÿ sobre todo, financiamiento adecuado para que la universidades europeas se acerquen al nivel del 2.6% del PIB que se les dedica en los EU, puesto que en promedio reciben menos de la mitad.

No todo el mundo considerará que el supuesto subyacente a este análisis sea convincente. ¿Por qué es necesaria esta atención a las universidades? Porque, se dice, vivimos en una "sociedad del conocimiento". Tal vez. También es un hecho que la educación universitaria es la mejor garantía para los jóvenes de obtener empleo en un ambiente globalizado en el que la información es básica para el éxito.

Sin embargo, no es seguro, ni mucho menos, que un sistema educativo en el que el 50% o más de cada generación busque obtener un grado universitario sea el mejor para hacer frente a las exigencias del siglo XXI. En efecto, muchos empleos no son de "alta tecnología", sino, como dice el británico Adair Turner, de "alto contacto" --empleos en el sector de los servicios que no requieren de una educación universitaria. Un número aun mayor de empleos está entre esas dos categorías. Así, un sistema flexible con una variedad de instituciones educativas puede ser preferible a un sistema que lleve a que uno de cada dos estudiantes obtenga un grado académico.

Si nos conformáramos, digamos, con el 25% de cada generación en la ruta académica, las universidades en Europa y, en efecto, en muchas otras partes del mundo, todavía tendrían que superar su lamentable tendencia a definir sus metas en contra del mundo empresarial. Esta tendencia va en detrimento tanto de las empresas, que se ven privadas de la riqueza cultural que da la educación superior, como de las universidades, porque las aleja de su situación en el mundo real.

Hay argumentos de peso para dar un financiamiento más adecuado a la educación superior, incluyendo las cuotas de los estudiantes, que siguen siendo impopulares en muchos países fuera de los EU. Pero el dinero no es lo único que se necesita. Una de las grandes ventajas comparativas de las universidades estadounidenses radica en la naturaleza de las relaciones humanas. Los profesores toman en serio su trabajo. Participan con los estudiantes en lugar de esperar con ansia sus vacaciones para dedicarse a sus propios proyectos. Son verdaderos profesores universitarios, en lugar de personas que invocan "la unión de la enseñanza y la investigación" a fin de concentrarse en ésta ultima y esperar que la enseñanza se atienda sola.

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Además, el ambiente de la investigación en las universidades estadounidenses se caracteriza por un alto grado de cooperación informal. La gente se reúne en los laboratorios y los seminarios, pero también en las aulas comunes y las cafeterías. No están obsesionados con el estatus jerárquico ni rodeados de asistentes.

Tampoco están ligados a proyectos limitados ni a los grupos que éstos generan. A pesar de la dura competencia por las plazas académicas, por los espacios en revistas y otros medios y por avanzar en general, la gente se trata como colegas. Esto es lo que les agrada a los estudiantes de doctorados y posdoctorados cuando van a las universidades estadounidenses – y en menor medida a las británicas. Esto es también lo que extrañan a medida que vuelven a caer en las viejas costumbres cuando regresan a casa. Al igual que en muchos otros sentidos, las universidades no sólo de Europa, sino también de Japón, Corea del Sur y los países en desarrollo, incluyendo China y la India, deben suavizar las estructuras y los hábitos rígidos para evitar la decadencia y nutrir un renacimiento.