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El problema de los refugiados en Nueva York

NUEVA YORK – Todos los años en el mes de septiembre, muchos de los presidentes, primeros ministros y cancilleres del mundo viajan a la ciudad de Nueva York para pasar unos días. Llegan para dar inicio a la sesión anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas, para pronunciar discursos que suelen recibir más atención en sus países que en el auditorio y -en lo que sería el equivalente diplomático de un programa de citas rápidas- para marcar en sus cronogramas la mayor cantidad de reuniones humanamente posibles.

También existe la tradición de designar una cuestión o problema específico que requiera una atención especial, y este año no será una excepción. El 19 de septiembre será un día dedicado a discutir la situación de los refugiados (así como la de los inmigrantes), y qué más se puede y se debe hacer para ayudarlos.

Aleppo

A World Besieged

From Aleppo and North Korea to the European Commission and the Federal Reserve, the global order’s fracture points continue to deepen. Nina Khrushcheva, Stephen Roach, Nasser Saidi, and others assess the most important risks.

Es una buena elección, ya que hoy se calcula que hay 21 millones de refugiados en el mundo. Definidos en un principio como aquellas personas que abandonan sus países por miedo a la persecución, los refugiados ahora también incluyen a quienes se ven obligados a cruzar las  fronteras como consecuencia de conflictos y violencia. El número se incrementó marcadamente respecto de hace apenas cinco años debido, principalmente, al caos que reina en todo Oriente Medio. Hoy, sólo de Siria proviene casi uno de cada cuatro refugiados en el mundo.

La atención de las Naciones Unidas y sus estados miembro no refleja solamente el incremento en la cantidad o una mayor preocupación humanitaria por el sufrimiento de los hombres, mujeres y niños que se han visto obligados a abandonar sus hogares y sus países. También es una consecuencia del impacto que tiene el flujo de refugiados en los países de destino, donde la política se ha visto sacudida en un país tras otro.

En Europa, la mayor resistencia política a la canciller alemana Angela Merkel, el voto del Brexit y el creciente atractivo de los partidos nacionalistas de derecha se pueden atribuir a temores reales e imaginados generados por los refugiados. La carga económica y social en países como Jordania, Turquía, Líbano y Pakistán, a los que se les está pidiendo que den acogida a grandes cantidades de refugiados, es inmensa. También existen temores de seguridad sobre si algunos de los refugiados son terroristas reales o potenciales.

En principio, hay cuatro maneras de hacer algo significativo respecto del problema de los refugiados. La primera y fundamental es tomar medidas para asegurar que la gente no tenga que huir de sus países o, si tiene que hacerlo, crear condiciones que le permitan regresar a su hogar.

Pero esto exigiría que los países hagan algo más para poner fin a los combates en lugares como Siria. Desafortunadamente, no existe un consenso sobre qué es lo que esto requeriría y, aún donde existe cierto consenso, lo que no hay es la voluntad suficiente como para comprometer los recursos militares y económicos que harían falta. El resultado es que la cantidad de refugiados en el mundo aumentará.

La segunda manera de ayudar a los refugiados es garantizando su seguridad y bienestar. Los refugiados son particularmente vulnerables cuando están desplazándose. Y, una vez que llegan a un lugar, se deben satisfacer muchas necesidades fundamentales -como la salud, la educación y la seguridad física-. Aquí, el desafío para los estados anfitriones es garantizar una provisión adecuada de servicios esenciales.

Un tercer componente de cualquier estrategia integral hacia los refugiados implica asignar recursos económicos para ayudar a lidiar con la carga. Estados Unidos y Europa (tanto los gobiernos que integran la Unión Europea como la propia UE) son quienes más contribuyen a la Alta Comisión de las Naciones Unidas sobre Refugiados, pero muchos otros gobiernos no están dispuestos a aportar una participación justa. Se los debería identificar públicamente y hacerlos pasar vergüenza.

El aspecto final de cualquier programa de refugiados implica encontrar lugares para que vayan. La realidad política, sin embargo, es que la mayoría de los gobiernos no quieren comprometerse a aceptar un número o porcentaje específico de los refugiados del mundo. Una vez más, a quienes hacen la parte que les corresponde (o más) se los debería distinguir con un elogio -y los que no, deberían ser el blanco de críticas.

Todo esto nos retrotrae a la ciudad de Nueva York. Lamentablemente, hay pocos motivos para ser optimista. El borrador de 22 páginas del "documento de resultados" que se votará en la reunión de Alto Nivel del 19 de septiembre -profuso en generalidades y principios y escaso en puntos específicos y políticas- no serviría de mucho, si es que en realidad sirve de algo, para beneficiar al conjunto de los refugiados. Una reunión programada para el día siguiente, cuyo anfitrión será el presidente norteamericano, Barack Obama, tal vez logre algo en materia de financiamiento, pero no mucho más.

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La cuestión de los refugiados ofrece otro ejemplo notorio de la brecha entre lo que hace falta hacer para enfrentar un desafío global y lo que el mundo está dispuesto a hacer. Lamentablemente, lo mismo es válido para la mayoría de los desafíos de este tipo, desde el terrorismo y el cambio climático hasta la proliferación de armas y la salud pública.

Seguramente escucharemos hablar mucho en Nueva York el mes próximo sobre la responsabilidad de la comunidad internacional a la hora de hacer más para ayudar a los refugiados existentes e intentar resolver las condiciones que los llevan a huir de sus países natales. Pero la cruda verdad es que hay poca "comunidad" a nivel internacional. Mientras ése siga siendo el caso, millones de hombres, mujeres y niños enfrentarán un presente peligroso y un futuro de perspectivas limitadas.