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Para comprender la tradición

PALO ALTO – “Está vivo, se está moviendo, está vivo... ¡ESTÁ VIVO!” Fue lo que dijo el Doctor Victor Frankenstein cuando completó su "creación". Por largo tiempo los científicos han sentido la fascinación de intentar crear vida, pero han tenido que conformarse con diseñar variaciones de organismos vivos mediante la mutación u otras técnicas de ingeniería genética.

En mayo, los investigadores del J. Craig Venter Institute, encabezados por Venter mismo, sintetizaron el genoma de una bacteria desde cero utilizando componentes químicos y lo insertaron en la célula de una variedad de bacteria diferente. La nueva información genética "reinicializó" su célula huésped y la hizo funcionar, replicarse y adoptar las características del "donante". En otras palabras, se había creado una especie de organismo sintético.

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Las reacciones en la comunidad científica han variado desde "pequeña novedad" hasta "apocalipsis en ciernes". La primera es más apta: la creación de Venter es evolucionaria, no revolucionaria.

La meta de una "biología sintética", como se conoce este campo, es acercar la microbiología y la biología celular a la ingeniería, de modo que sea posible mezclar, complementar y unir partes estandarizadas, tal como es posible combinar chasís, motores y conjuntos de transmisión para construir un vehículo.

El logro de este objetivo ofrecería a los científicos oportunidades de innovación sin precedentes y los pondría en mejor posición para crear microorganismos y plantas a medida que permitan producir sustancias farmacéuticas, limpiar desechos tóxicos o obtener nitrógeno del aire (obviando la necesidad de fertilizantes químicos).

A lo largo de los últimos cincuenta años, los ingenieros genéticos, utilizando herramientas y recursos precisos y potentes, han logrado importantes avances que están abriendo nuevas oportunidades en una amplia variedad de campos. El logro del laboratorio de Venter sigue el camino de una línea de trabajo similar que comenzó hace décadas. En 1967, un grupo de investigadores de la Escuela Médica de Stanford y Caltech demostraron la capacidad de infección del genoma de un virus bacterial llamado ΦΧ174, cuyo ADN se había sintetizado con una enzima utilizando el ADN viral intacto como plantilla o modelo. Esta hazaña fue calificada como la creación de "vida en un tubo de ensayo".

En 2002, un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Nueva York, Stony Brook, crearon un poliovirus infeccioso funcional, únicamente a partir de componentes químicos básicos. Su única plantilla para diseñar el genoma fue la secuencia conocida de ARN (compuesta por el genoma viral y que es químicamente muy similar al ADN). De manera similar a los experimentos de 1967, el ARN infeccioso se sintetizó enzimáticamente. Fue capaz de dirigir la síntesis de proteínas virales en ausencia de la plantilla natural. Una vez más, de hecho los científicos habían creado vida en un tubo de ensayo.

El grupo de Venter hizo algo muy similar en la investigación dada a conocer recientemente, con la excepción de que utilizó síntesis química en lugar de enzimas para crear el ADN. Sin embargo, parte del despliegue mediático alrededor de la publicación del artículo que daba cuenta de ello en la revista Nature fue desproporcionado.

Junto con el artículo de Venter, Nature publicó ocho comentarios acerca de la significación del trabajo. Los científicos "reales" tenían conciencia de la naturaleza gradual y acumulativa del trabajo y plantearon dudas sobre si el grupo de Venter había creado una "célula sintética" genuina, mientras los científicos sociales tendían a exagerar las implicancias del trabajo.

Mark Bedau, profesor de filosofía del Reed Collgue, escribió que los "nuevos poderes [de la tecnología] crean nuevas responsabilidades. Nadie puede estar seguro de las consecuencias de crear nuevas formas de vida, y debemos esperar lo inesperado, lo que hace necesario emprender innovaciones fundamentales en el pensamiento preventivo y el análisis de riesgos".

Sin embargo, junto con una creciente sofisticación, por décadas los ingenieros genéticos que hacen uso de técnicas antiguas y nuevas han estado creando organismos con propiedades nuevas o mejoradas. Las normas y estándares de buenas prácticas ya abordan de manera efectiva los organismos que pueden ser patógenos o representar una amenaza para el ambiente natural. (Normas que, por cierto, resultan excesivamente agobiantes.)

Por otra parte, el bioingeniero suizo Martin Fussenegger observó correctamente que el logro de Venter "es un avance técnico, no uno conceptual". Otros científicos hicieron notar que el organismo es en realidad sólo "semi-sintético", ya que el ADN sintético (que forma apenas un 1% del peso en seco de la célula) se introdujo en una bacteria normal o no sintética.

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Es importante comprender la historia de la biología sintética, porque reconocer el paradigma correcto tiene implicancias fundamentales para la manera en que los gobiernos las regulan, lo que a su vez afecta la aplicación y difusión potenciales de la tecnología. Hace treinta y cinco años, los Institutos Nacionales de la Salud de EE.UU. adoptaron directrices con una excesiva aversión al riesgo para los estudios que utilizaran técnicas de ADN recombinante o "ingeniería genética". Estas directrices, basadas en lo que ha demostrado ser un conjunto de supuestos idiosincrático y en gran medida no válido, dejó la clara impresión de que los científicos y el gobierno federal se estaban tomando en serio escenarios especulativos y que exageraban los riesgos, mensaje que ha afectado el desarrollo de la tecnología en todo el mundo desde entonces.

La biología sintética ofrece la perspectiva de potentes herramientas nuevas para la investigación y el desarrollo en innumerables campos. Sin embargo, su potencial se puede hacer realidad solamente si las normativas que la rigen se basan en la criterios científicos, análisis de riesgos bien fundamentados y un sentido de los errores de la historia.