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El precio del imperio

NUEVA DELHI – Los indios no suelen obsesionarse con el pasado colonial de su país. Sea por fortaleza nacional, o por debilidad civilizacional, India siempre se negó a guardar rencor a Gran Bretaña por los 200 años de servidumbre imperial, saqueo y explotación. Pero esta ecuanimidad no anula lo que pasó.

La caótica retirada británica de la India en 1947 tras dos siglos de dominio imperial fue seguida de una feroz separación de la que nació Pakistán. Pero curiosamente, todo ocurrió sin animosidad a Gran Bretaña. India eligió convertirse en una república y quedarse en la Commonwealth, y su relación con sus antiguos señores ha sido cordial.

Unos años después, Winston Churchill interrogó al primer ministro Jawaharlal Nehru, que había pasado casi una década de su vida en cárceles británicas, sobre su aparente falta de resentimiento. Nehru replicó que “un gran hombre” (Mahatma Gandhi) había enseñado a los indios a “nunca temer y nunca odiar”.

Pero pese a las apariencias, las heridas del colonialismo no han terminado de curarse. Tuve experiencia directa de ello en 2015, con un discurso que pronuncié en la sociedad de debate Oxford Union en el que denuncié las iniquidades del colonialismo británico, y que para mi sorpresa, generó una fuerte reacción en toda India.

El discurso no tardó en viralizarse en las redes sociales; una publicación acumuló más de tres millones de visitas en apenas 48 horas y fue republicada en sitios web de todo el planeta. Mis adversarios de derecha dejaron por un rato de hostigarme en las redes sociales para celebrar mi discurso. La portavoz de la cámara baja del parlamento indio, Sumitra Mahajan, se deshizo en elogios hacia mi persona en un evento al que asistió el primer ministro Narendra Modi, quien luego me felicitó públicamente por haber dicho “palabras correctas en el lugar correcto”.

Escuelas y universidades hicieron que sus alumnos escucharan el discurso. La Universidad Central de Jammu organizó una jornada de discusión en la que eminentes académicos analizaron algunos de los temas a los que me referí. Se escribieron cientos de artículos a favor y en contra de mis declaraciones.

Han pasado dos años, y todavía se me acercan desconocidos en la calle para elogiarme por el “discurso de Oxford”. Mi libro sobre el mismo tema, An Era of Darkness [Una era de oscuridad], está entre los más vendidos en la India desde su publicación hace tres meses. La edición británica, Inglorious Empire: What the British Did to India [Imperio infame: lo que los británicos hicieron a la India] estará en las librerías el mes entrante.

Dada la actitud tradicional de la India hacia el colonialismo, semejante acogida me tomó por sorpresa, pero tal vez debí habérmela imaginado. Después de todo, los británicos conquistaron uno de los países más ricos del mundo (su economía en 1700 equivalía al 27% del PIB global) y tras 200 años de dominio colonial, lo convirtieron en uno de los más pobres.

Gran Bretaña destruyó la India a fuerza de rapiña, expropiación y robo liso y llano; todo ello hecho con un espíritu de profundo racismo y de cinismo inmoral. Los británicos justificaron sus violentas acciones con una hipocresía asombrosa.

El historiador estadounidense Will Durant calificó el dominio colonial británico sobre la India como “el mayor crimen de toda la historia”. Se podrá estar de acuerdo o no, pero una cosa es clara: el imperialismo no fue (como algunos británicos afirman interesadamente) una empresa altruista.

Gran Bretaña sufre una especie de amnesia histórica en relación con el colonialismo. Como señaló hace poco la escritora paquistaní Moni Mohsin, el colonialismo británico brilla por su ausencia en los programas de estudio de las escuelas del Reino Unido. Aunque sus dos hijos van a las mejores escuelas de Londres, no se les dio ni una clase sobre la historia colonial.

Los londinenses celebran el esplendor de su ciudad, pero ignoran que se compró con codicia y saqueo. Muchos británicos desconocen sinceramente las atrocidades cometidas por sus ancestros, y algunos viven en la feliz creencia de que el Imperio Británico fue una especie de misión civilizadora para sacar a poblaciones nativas de su ignorancia.

Esto deja vía libre a la manipulación de los relatos históricos. Las telenovelas, con su vaporosa visión romántica del “Raj”, pintan la era colonial color de rosa. Varios historiadores británicos han escrito libros inmensamente exitosos en los que exaltan las presuntas virtudes del imperio.

Sobre todo en los últimos diez o veinte años, han aparecido textos de divulgación histórica de autores como Niall Ferguson y Lawrence James con una visión muy halagüeña del Imperio Británico. Pero estas descripciones pasan por alto las atrocidades, la explotación, el saqueo y el racismo en que se basó la empresa imperial.

Todo esto explica (pero no disculpa) la ignorancia de los británicos. El presente no puede entenderse con analogías históricas simples, pero tampoco se pueden ignorar las enseñanzas de la historia. Si uno no sabe de dónde viene, ¿cómo podrá entender hacia dónde va?

Esto vale no sólo para los británicos, sino también para mis connacionales indios, que han mostrado una capacidad extraordinaria para el perdón y el olvido. Pero aunque hay que perdonar, no se debe olvidar. En ese sentido, la vigorosa respuesta a mi discurso de 2015 en la Oxford Union es alentadora.

La relación moderna entre Gran Bretaña y la India (dos países iguales y soberanos) es claramente muy diferente de la relación colonial del pasado. Mi libro llegó a las librerías de Nueva Delhi casi en simultáneo con una visita de la primera ministra británica a la India en busca de inversores. Como he dicho muchas veces, no hace falta vengar la historia: la historia se venga sola.

Traducción: Esteban Flamini