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Una estrategia Brexit para un gobierno británico débil

OXFORD – Mientras la primera ministra Theresa May busca integrar un nuevo gobierno, luego de una elección en la cual su Partido Conservador perdió la mayoría parlamentaria, sabe que, en cuestión de días, también tendrá que enfrascarse en el meollo de negociar la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Los preparativos para las negociaciones por el Brexit están en marcha desde hace un tiempo, pero hasta el momento se han visto afectados por tres errores de negociación elementales, y ahora deben lidiar con el hecho de que el mandato para actuar del gobierno británico ha resultado seriamente deteriorado.

El primer error clásico que se cometió hasta aquí fue que el gobierno británico imaginara que iba camino a una batalla. Según este punto de vista, los negociadores deben ocultar sus verdaderos planes o intenciones, mientras se esfuerzan por conseguir una posición dominante y, finalmente, vencer a sus enemigos. Si a esto se suma una cuota de engaño elaborado, es como si nos estuviéramos preparando para los desembarcos del Día D en Normandía.

Pero el Brexit no es el Día D. Lejos de intentar derrotar a sus enemigos, el Reino Unido está intentando preservar relaciones mutuamente benéficas con países de los cuales no se puede distanciar geográficamente -y de los cuales no puede darse el lujo de distanciarse como sea-. No debería mantener sus planes en secreto, como ha hecho hasta ahora, y por cierto no debería involucrarse en una política arriesgada, como la ejemplificada por el grito de batalla de May de que "ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo".

En verdad, el Reino Unido debe promover un proceso de colaboración centrado en la resolución de un problema conjunto. Las negociaciones deberían centrarse en generar el mayor valor posible para ambas partes, inclusive a través del acuerdo de libre comercio (FTA por su sigla en inglés) específico entre el Reino Unido y la Unión Europea que May aspira a crear. La equidad, la sinceridad y la transparencia son vitales para permitir que ambas partes aprecien los posibles réditos con precisión y eficiencia, para no mencionar que el sector privado y otros actores también pueden aportar soluciones innovadoras.

El segundo error de negociación clásico es centrarse exclusivamente en los intereses propios. Las negociaciones efectivas requieren de un entendimiento profundo de los intereses, prioridades y limitaciones de la otra parte. ¿Qué tienen para ganar o para perder? ¿Dónde no pueden permitirse una concesión? ¿Qué podría impedir su capacidad para llegar a un acuerdo?

Por ejemplo, tanto el Reino Unido como la Unión Europea tienen limitaciones de capacidad. Gran Bretaña está reuniendo improvisada y presurosamente un equipo para manejar las negociaciones comerciales. En cuanto a la UE, ya participa de negociaciones para unos diez FTA, con todo tipo de interlocutores, desde el Consejo de Cooperación del Golfo hasta Estados Unidos. Los gobiernos europeos seguirán necesitando implementar otros FTA acordados previamente con Canadá, Singapur, Vietnam, África occidental y África oriental.

Gran Bretaña aspira a poder saltearse la fila, debido a la magnitud, la profundidad y la importancia de su relación económica con la UE. Pero, si lo hace, la UE puede enfrentar cierta reacción negativa de quienes vienen esperando en la fila. Por cierto, a lo largo de las negociaciones por el Brexit, la UE necesitará considerar los mensajes que está enviando a sus socios en la negociación. Si el Reino Unido pretende ayudar a generar un acuerdo mutuamente beneficioso, su estrategia debe reconocerlo, así como las otras restricciones que puedan afectar a la UE y sus estados miembro.

El tercer error es generar expectativas poco realistas. Las conversaciones por el Brexit serán, sin duda, largas y difíciles -mucho más si los ciudadanos, las empresas o los negociadores pasan a sentirse desalentados, después de que las expectativas excesivas no se cumplen.

Manejar las expectativas respecto del momento oportuno puede ser lo más importante. El Reino Unido espera concluir un FTA a medida con la UE durante el período de negociación asignado de dos años. Pero negociaciones comparables con otros socios importantes de la UE, como Japón y Canadá, han llevado entre 9 y 10 años. Y se han elaborado de manera gradual, no de un plumazo.

Consideremos el FTA de la UE con Canadá, que comenzó con la creación, en 2004, de un marco para las negociaciones. Casi nueve años más tarde, en 2013, se llegó a un acuerdo "de principio". El acuerdo real se selló en septiembre pasado. Luego comenzó el proceso de aprobación por parte de las instituciones europeas, obteniendo finalmente la aprobación del Parlamento Europeo en febrero. Y el proceso todavía no está completo: las legislaturas nacionales aún tienen que ratificar ciertos elementos del pacto.

Esto sugiere que, en el período de dos años, lo máximo a lo que puede aspirar el Reino Unido es a completar un acuerdo macro con la UE. Un acuerdo final casi con certeza se demorará mucho más, en especial porque partes del mismo exigirán una ratificación de cada uno de los estados miembro. El gobierno del Reino Unido debería ser sincero y claro con la población sobre este tema.

Mientras tanto, el Reino Unido debe comprometerse a garantizar un acuerdo interino con la UE. Aproximadamente el 40% de las exportaciones británicas van al mercado de la UE, y las fábricas de Gran Bretaña dependen fuertemente de productos que puedan cruzar fácilmente las fronteras europeas, ya sea ganado proveniente de Irlanda o cigüeñales de Alemania.

En resumen, el Reino Unido no puede permitirse perder fronteras libres de fricciones, ni siquiera temporariamente, mientras espera alcanzar un consenso sobre un acuerdo final. Por cierto no puede darse el lujo de perderlas en el largo plazo, como probablemente ocurriría si no se alcanzara un acuerdo en el lapso de los dos años asignados. En verdad, la amenaza de May de que "ningún acuerdo es mejor que un mal acuerdo" no sólo mina el proceso de negociación; es sencillamente equivocada.

Ningún acuerdo probablemente implicaría un regreso a las reglas estándar de la Organización Mundial de Comercio. Eso significaría un arancel del 14,4% para el sector agrícola de Gran Bretaña, que ya padecerá la pérdida de respaldo financiero a través de la Política Agrícola Común europea. Las exportaciones lácteas del Reino Unido serán objeto de un arancel promedio del 40%.

En cuanto a los servicios -por lejos, el sector más importante de la economía del Reino Unido-, las reglas de la OMC que gobiernan las exportaciones tienen unos 20 años y son lamentablemente caducas. Para entender cuán indeseables serían estas reglas, consideremos que los 164 miembros de la OMC con excepción de seis tienen un FTA con la UE, o están trabajando para crear uno.

May llamó a la elección reciente porque quería un mandato más fuerte para negociar un buen acuerdo para su país. No lo consiguió. Ahora más que nunca, garantizar un acuerdo exigirá adoptar una estrategia de negociación colaboradora, abierta y realista.