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Pasar la página en México

Dentro de tres meses, cuando el nuevo presidente de México, Felipe Calderón, llegue al poder, muchos lo considerarán un honor dudoso. Estas son tal vez las únicas dos cosas seguras en la política mexicana actualmente. Con los precios del petróleo más altos que nunca, las primas de riesgo del país más bajas que nunca, con los niveles más altos de la historia en remesas del extranjero, ingresos del turismo e inversión extranjera y con una expectativa de crecimiento del PIB de 4.2% para este año, en muchos aspectos las cosas nunca han estado mejor para los mexicanos.

En efecto, después de diez años de estabilidad macroeconómica ininterrumpida –algo que México no había experimentado de los sesenta—la clase media se ha ampliado espectacularmente y los créditos bancarios a precios razonables ahora son accesibles a millones de personas que en el pasado habían estado excluidas. Con todo, a pesar de estos cambios sanos, la pobreza sigue estando muy extendida, la desigualdad es enorme y los resentimientos sociales están creciendo. Por eso el oponente de Calderón en las elecciones presidenciales de julio, el populista Andrés Manuel López Obrador, obtuvo un porcentaje tan alto de la votación en comparación con el récord histórico anterior de la izquierda mexicana logrado en las elecciones de 2000. Pero no fue suficiente para triunfar en unas elecciones que López Obrador y sus seguidores creían que estaban ganadas.

Los comicios extremadamente cerrados –Calderón ganó por el 0.5% de los votos—y la profunda desilusión que sufrieron López Obrador y sus seguidores los llevaron a impugnar la resolución de las autoridades electorales de México y a rehusarse a aceptar la victoria de Calderón. En lugar de ello, López Obrador, ex jefe de gobierno de la Ciudad de México, y sus seguidores exigieron un recuento voto por voto que las leyes electorales del país no contemplan –aunque no está prohibido. Sin embargo, el Tribunal Electoral no lo decidió así. Esa es la situación actual de México: un desastre bajo cualquier definición, sin solución aparente a la vista.

A largo plazo, la respuesta está sin duda en la transformación de la izquierda mexicana y también en parte de la derecha. Durante años, las dos estuvieron subsumidas de facto dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que gobernó a México durante siete décadas. Esa época terminó en 2000 y no volverá. Actualmente, la derecha y la izquierda, así como el propio PRI son entidades distintas y tienen una ardua labor de reconstrucción por delante.