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Tsipras en un mundo ideal

BERLÍN – No se puede evitar sentir tristeza por Grecia. Durante más de cinco años, la «troika» (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) la han expuesto a un fallido experimento de austeridad, que ha exacerbado la crisis económica del país. Y ahora el gobierno del primer ministro Alexis Tsipras parece empeñado en lanzar a Grecia al abismo.

No tenía que ser así. Cuando el partido de izquierda de Tsipras –Syriza– asumió el gobierno en enero, se había tornado posible un nuevo compromiso, más orientado al crecimiento. Incluso los alemanes más acérrimos defensores de la austeridad –y, ciertamente, la canciller Angela Merkel– habían comenzado a reconsiderar su postura debido a las innegables consecuencias adversas para el euro y la estabilidad de la Unión Europea de sus recetas de política.

El gobierno de Tsipras, con cierta justificación, pudo haberse presentado como el mejor socio europeo para implementar un programa de reforma y modernización de largo alcance en Grecia. Las medidas para compensar a los más pobres encontraron considerable apoyo en las capitales de la UE y el sentimiento favorable se hubiese fortalecido si Grecia hubiera comenzado a reducir su abultado presupuesto de defensa (lo esperable de un gobierno de izquierda).

Pero Tsipras dilapidó la oportunidad de Grecia, porque tanto él como otros líderes de Syriza fueron incapaces de ver más allá del horizonte de los orígenes de activismo radical opositor de su partido. No entendieron –y no quisieron entender– la diferencia entre hacer campaña y gobernar. Para ellos, la realpolitik, implicaba venderse.