US President Donald Trump and Chinese President Xi Jinping shake hands JIM WATSON/AFP/Getty Images

El mundo según Trump y Xi

NUEVA DELHI – La principal democracia del mundo (Estados Unidos) se está pareciendo cada vez más a la más grande y antigua autocracia que queda en el mundo (China). Con sus políticas agresivamente unilaterales que se burlan del consenso internacional, el presidente Donald Trump justifica en la práctica el prolongado cuestionamiento del derecho internacional por parte de su par chino, Xi Jinping, y agudiza riesgos ya de por sí serios para el orden mundial basado en reglas.

China está expresando sus reclamos territoriales en el Mar de China Meridional con métodos agresivos que incluyen la militarización de áreas en disputa y la extensión de sus fronteras muy adentro de aguas internacionales, pese a un fallo arbitral internacional que las invalida. Además, el país ha convertido los caudales fluviales transfronterizos en un arma y usa el comercio internacional como instrumento de coerción geoeconómica contra países que no se someten a sus deseos.

Estados Unidos condenó muchas veces estas acciones. Pero con Trump sus condenas han perdido credibilidad, y no sólo porque estén regadas de elogios a Xi, a quien Trump calificó de “estupendo” [terrific] y de “todo un caballero”. En la práctica, la conducta de Trump reforzó la sensación de que Estados Unidos se comporta con hipocresía, y envalentonó todavía más a China en su revisionismo territorial y marítimo en la región de los océanos Índico y Pacífico.

Es verdad que Estados Unidos sigue hace tiempo una política exterior unilateralista, de la que sirven de ejemplo la invasión de Irak en 2003 ordenada por George W. Bush y el derrocamiento en 2011 del régimen de Muammar el-Qaddafi en Libia ordenado por Barack Obama. Trump no derribó (todavía) ningún régimen, pero profundizó esta estrategia de unilateralismo asertivo lanzando un asalto al orden internacional en varios frentes.

Apenas instalado en la Casa Blanca, retiró a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico (ATP), un ambicioso tratado de comercio e inversiones promovido por Obama del que participaban doce países. Poco después, rechazó el acuerdo climático de París, que busca mantener el aumento de la temperatura planetaria “muy por debajo” de 2 °C respecto de los niveles preindustriales, con lo que Estados Unidos se convirtió en el único país que no participa en esta empresa.

Más cerca en el tiempo, Trump trasladó la embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, a pesar de que la comunidad internacional en general coincide en que la situación jurídica de la ciudad disputada se determine en el contexto de negociaciones más amplias para la resolución del conflicto entre Israel y Palestina. Mientras se abría la embajada, residentes palestinos en Gaza intensificaron protestas en demanda de que se habilite el regreso de refugiados palestinos a lo que hoy es Israel, lo que llevó a que soldados israelíes mataran al menos a 62 manifestantes e hirieran a más de 1500 en el vallado que marca la frontera de Gaza.

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Trump es en buena medida responsable de estas víctimas, y de la destrucción del papel tradicional de Estados Unidos como mediador en el conflicto entre Israel y Palestina. Lo mismo valdrá para cualquier conflicto o inestabilidad que surjan de la retirada de Trump del acuerdo de 2015 sobre el programa nuclear iraní, pese a que Irán lo cumplió plenamente.

El asalto de Trump al orden basado en reglas también se extiende (ominosamente) al comercio internacional. Aunque en el caso de China dio marcha atrás y suspendió la prometida imposición de aranceles a numerosos productos importados desde este país, aliados de Estados Unidos como Japón, la India y Corea del Sur fueron blanco de sus presiones y humillaciones, pese a que el superávit comercial combinado de estos países con Estados Unidos (95 600 millones de dólares en 2017) es más o menos una cuarta parte del de China.

Trump obligó a Corea del Sur a aceptar un nuevo tratado comercial, y puso presión sobre la importante industria informática de la India (que genera 150 000 millones de dólares al año) con la aplicación de una nueva política de visado restrictiva. En cuanto a Japón, el mes pasado Trump obligó al primer ministro Shinzo Abe a aceptar a regañadientes un nuevo marco de comercio que Estados Unidos considera precursor de negociaciones para un tratado bilateral de libre comercio.

Japón, que ahora lidera el ATP, prefiere que Estados Unidos vuelva a integrarse a este marco, ya que eso garantizará una mayor apertura comercial en general y será más equitativo que un acuerdo bilateral (que Estados Unidos tratará de inclinar a su favor). Pero a Trump (que también se negó a dar a Japón, la Unión Europea y Canadá una exención permanente de los aranceles de su gobierno al acero y el aluminio) las preferencias de sus aliados lo tienen sin cuidado.

Abe, en particular, “sufrió reiteradas sorpresas y bofetadas” de Trump. Y no está solo. Como expresó hace poco el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, “con amigos como [Trump], ¿quién necesita enemigos?”.

Las tácticas comerciales de Trump, que apuntan a poner freno a la decadencia económica relativa de Estados Unidos, expresan el mismo mercantilismo enérgico que usó China para volverse rica y poderosa. Los dos países no sólo están debilitando activamente el sistema comercial basado en reglas, sino que además sus acciones parecen probar que un país suficientemente poderoso puede ignorar impunemente las normas y reglas compartidas. Parece que en el mundo actual, la fuerza sólo respeta a la fuerza.

Esta dinámica puede verse en la respuesta que dan Trump y Xi a las medidas unilaterales de la otra parte. Cuando Estados Unidos desplegó el sistema de “defensa de área de alta altitud terminal” (THAAD por la sigla en inglés) en Corea del Sur, China tomó represalias económicas contra este país, pero no contra Estados Unidos.

Y cuando Trump promulgó la Ley sobre Viajes a Taiwán, que alienta el intercambio de visitas oficiales entre Estados Unidos y la isla, China realizó ejercicios militares contra Taiwán y sobornó a la República Dominicana para que cortara lazos diplomáticos con el gobierno taiwanés. Pero Estados Unidos no sufrió ninguna medida por parte de China.

Trump presionó a China para que modifique sus políticas de comercio, pero hizo la vista gorda ante su expansionismo en el Mar de China Meridional (más allá de algunas acciones simbólicas, por ejemplo, operaciones de libertad de navegación). Tampoco dijo nada cuando en marzo amenazas militares de China obligaron a Vietnam a detener un proyecto petrolero en su propia zona económica exclusiva. Y optó por mantenerse neutral cuando el año pasado la construcción de rutas chinas en la disputada meseta de Doklam provocó un conflicto militar con la India.

La estrategia de “Estados Unidos primero” de Trump y el “sueño chino” de Xi se basan en una misma premisa: que las dos mayores potencias del mundo tienen total libertad para actuar en interés propio. El orden mundial G2 que están creando no es un orden: es una trampa en la que los países están obligados a elegir entre un Estados Unidos impredecible y transaccionista gobernado por Trump y una China ambiciosa y depredadora.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/5cm1le7/es;

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