Trump's tweet about Roseanne Barr Twiter

Los tuits de la infamia

NUEVA YORK – Roseanne Barr es una comediante estadounidense, que encarna en la TV a una mujer del mismo nombre, de clase trabajadora y partidaria de Trump. Para quienes recuerdan el programa All in the Family, puede resultar útil compararla con Archie Bunker, el tosco patriarca proletario del barrio de Queens en Nueva York.

A fines del mes pasado, la cadena de televisión ABC, que transmitía el programa de Barr, lo canceló repentinamente, no por algo que el “personaje” haya dicho en el show, sino por un tuit en el que la actriz describió a Valerie Jarrett, una exasesora afroamericana de Barack Obama, como el resultado de cruzar a los Hermanos Musulmanes con El planeta de los simios.

Algunas de las reacciones fueron predecibles, pero no por ello menos extrañas. El presidente Donald Trump tuiteó que ABC nunca pidió disculpas por las “horribles declaraciones que se hicieron y dijeron” acerca de él en la cadena, y que a otra actriz, Samantha Bee, la tendrían que haber despedido por el lenguaje ofensivo que usó para referirse a su hija Ivanka.

Los opositores a Trump se apresuraron a ver el papel de Barr en la ficción y su tuit como representativos del tipo de intolerancia de clase trabajadora que el presidente alienta activamente con su ejemplo, y muchos estuvieron de acuerdo con la cancelación del programa.

Ambas respuestas son desacertadas. Barr suele expresar opiniones extravagantes que no es posible reducir a una ideología política en particular, y tiene un largo historial de conductas extrañas, lo cual no es representativo de nada. Pero la opinión de Trump (repetida por personas que hablan en su nombre) respecto de que las declaraciones de Bee fueron tan malas o acaso peores que las de Barr pasa por alto una distinción crucial.

Bee usó un lenguaje ofensivo (por el que más tarde pidió disculpas) para criticar el hecho de que Ivanka no haya protestado contra las políticas inmigratorias de su padre. Con justicia o sin ella, Bee atacó a la hija de Trump por su postura política (la de Ivanka), no por su ascendencia. En cambio, Barr se burló de una mujer por ser quien es: una persona de color. Compararla con un simio no tiene nada que ver con diferencias políticas: es racismo.

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No hay necesidad de que la ley o la convención social defiendan a figuras públicas de ataques a sus ideas. Pero la hostilidad basada en el origen étnico no sólo es incivilizada, sino que también es peligrosa. Que la religión (en la que muchas personas basan su identidad tanto como en el color de la piel) deba clasificarse como algo ideológico o más cercano a la pertenencia étnica es debatible. Pero ¿corresponde aun así defender a Barr en nombre de la libertad de expresión?

En Estados Unidos, la libertad de expresión tiene más protección legal que en cualquier otro país del mundo. Pero la decisión de cancelar el programa de Barr no fue una cuestión legal. Hay límites a la libertad de expresión que no son jurídicos. Las empresas de entretenimiento y los medios masivos son sensibles a la opinión pública, y es común que (por motivos comerciales) despidan a empleados por haber dicho algo que se considera ofensivo para mucha gente.

Los límites informales a la libertad de expresión están sujetos a las normas de lo que es socialmente aceptable. Y estas normas varían, no sólo con el correr del tiempo, sino también según quién habla, cuándo y dónde. Habitualmente los comediantes pueden decir cosas que los políticos, los rectores de universidades o los jueces tienen vedadas. Hasta que apareció Trump, se esperaba de los presidentes estadounidenses que cumplieran normas de conducta y expresión más estrictas que la gente del común.

Como en todas las sociedades las normas se renegocian todo el tiempo, necesitamos comediantes, novelistas y artistas que pongan los límites a prueba: sus obras son parte de esa negociación continua. Si ABC hubiera despedido a Barr por algo que dijo su personaje cómico, ella tendría motivos para protestar. Al fin y al cabo, hay que permitir que los personajes de ficción sean ofensivos. Habrá mucha gente a la que “Roseanne Barr” le resulte inaceptable, pero sus expresiones brutalmente francas e incluso racistas son parte del personaje que actúa Barr, así como lo eran para Carroll O’Connor cuando hacía de Archie Bunker.

Si Barr hubiera hecho sus comentarios en privado, tampoco hubieran sido razón suficiente para cancelar el programa. Pero ¿qué ocurre con Twitter? Los tuits son a la vez una expresión personal y una forma de actuación; son pensamientos privados hechos públicos; son una especie de reality show (es decir, son perfectos para un charlatán narcisista como Trump).

Normalmente no tenemos ocasión de ver u oír sin filtro los pensamientos de otras personas (salvo tal vez en un bar). Antes los diarios pasaban las cartas al editor por un cuidadoso escrutinio para no dar publicidad a fanáticos y maniáticos; lo privado era privado. Pero con Internet eso cambió: ahora cualquiera puede airear sus pensamientos sin importar lo repelentes o absurdos que sean.

Puede que haya un vínculo entre el ascenso de Internet y la difundida desconfianza pública hacia las élites y los expertos, pero la naturaleza exacta de ese vínculo no está clara. Sería simplista culpar a las nuevas tecnologías por la desilusión de la gente con las élites. Pero es evidente que la comunicación por medio de tuits y comentarios en Internet contribuyó a la idea de que la experiencia es superflua. Lo estamos viendo en la esfera política.

Hasta hace poco, los políticos tomaban las decisiones más importantes a puertas cerradas, rodeados por equipos de asesores expertos. Los ciudadanos se enteraban de esas decisiones (si se enteraban) por notas en los diarios, conferencias de prensa o programas de televisión. No es un sistema ideal: menos secretismo hubiera salvado a unos cuantos políticos de cometer errores terribles.

Pero ahora algunas de las decisiones más importantes en la democracia más poderosa del mundo se basan en los caprichos ignorantes y los prejuicios sin filtro de un presidente tuitero, que es tan grosero como “Roseanne Barr” y tan extravagante como Roseanne Barr. La única gran diferencia es que los tuits de ella son de una actriz cómica entre un trabajo y el otro, mientras que los de él pueden cambiar el destino del mundo.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/rD9fqJy/es;

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