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Corea del Sur y el fin de la credibilidad de Estados Unidos

WASHINGTON DC – La alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur ha sido una de las historias de éxito geopolítico más dramáticas de los años de la posguerra. Sin embargo, el presidente estadounidense, Donald Trump, ahora parece estar decidido a eliminar los beneficios económicos y estratégicos de esa relación de larga data.

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En la década de 1950, una Corea del Sur, devastada por la guerra, tenía el tercer ingreso per cápita más bajo de Asia, la inflación más alta y la tasa de crecimiento más lenta. Sin embargo, las autoridades implementaron reformas de largo alcance a principio de la década de 1960, y en el transcurso de las siguientes tres décadas, este país se convirtió en una potencia industrial con un nivel de vida que hizo que el país calificara para ser miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, el club de los países ricos. Gran parte de este éxito se debe a un desplazamiento desde una situación de dependencia de la ayuda exterior hacia un crecimiento impulsado por las exportaciones.

A mediados de la década de 2000, Corea del Sur y Estados Unidos comenzaron a explorar lazos comerciales más estrechos y, en marzo de 2012, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Corea del Sur (KORUS). Según la mayoría de los parámetros, el KORUS ha sido un éxito. Sin embargo, después de asumir el cargo, Trump lo acusó de ser un “acuerdo horrible”, e insistió en que se renegocie.

Más recientemente, Trump anunció aranceles de importación del 25% sobre el acero y del 10% sobre el aluminio, e indicó que se concederían exenciones a los socios comerciales de Estados Unidos, sobre la base de consideraciones caso por caso. Dejando de lado los anuncios adicionales de Trump sobre acciones comerciales dirigidas a China, los aranceles sobre el acero y el aluminio, sin duda, tendrían efectos negativos en la economía de EE. UU. Se podrían salvar algunos empleos estadounidenses, pero se perderían muchos más en las industrias que utilizan esos metales como insumos, mismas que emplean a una cantidad de trabajadores diez veces mayor.

El objetivo declarado del Gobierno Trump con respecto a aplicar políticas proteccionistas es reducir el déficit comercial de Estados Unidos. Pero, un déficit en cuenta corriente (el déficit comercial más el saldo de servicios) refleja la diferencia entre el ahorro y la inversión. Por lo tanto, reducir dicho déficit de cuenta corriente requeriría de políticas macroeconómicas dirigidas a reducir los gastos internos y aumentar el ahorro interno. El proteccionismo no ayudará con eso.

Unas semanas después de dar a conocer los aranceles, el Gobierno Trump anunció que había “renegociado” el KORUS. A cambio de una exención de los aranceles, Corea del Sur aceptó reducir sus exportaciones de acero a Estados Unidos hasta el 70% de los niveles de exportación registrados durante el período 2015-2017, posponer la eliminación gradual del arancel estadounidense del 25% sobre camiones pequeños durante 20 años (a partir del 2012), e incrementar su límite anual de importaciones de automóviles de fabricación estadounidense de 25.000 a 50.000.

Los elementos mencionados en segundo y tercer lugar son esencialmente irrelevantes. Corea del Sur actualmente no exporta camiones pequeños a Estados Unidos. Además, en los hechos, en Corea del Sur los automóviles importados sólo representan el 15% de las ventas domésticas de automóviles, y las importaciones de automóviles estadounidenses llegan solamente a un 1%. Esto se debe, en gran medida, a que los surcoreanos simplemente no eligen automóviles estadounidenses.

Aun así, está claro que los surcoreanos se vieron obligados a acceder a estos cambios, a pesar de que negociaron el KORUS de buena fe y actuaron apegándose a sus términos. La “renegociación” de Trump dejó a Corea del Sur encasillada, dándole a elegir entre dos opciones no aceptables: limitar sus exportaciones de acero a Estados Unidos o enfrentar un castigador arancel del 25% sobre todas sus exportaciones de acero a dicho país.

Con relación a Estados Unidos, las revisiones del tratado KORUS se traducen en que los exportadores extranjeros de productos fabricados con acero van a obtener una ventaja competitiva sobre los productores nacionales estadounidenses, quienes tendrán que pagar más por su acero. Como resultado, algunos productores estadounidenses desean mudarse al extranjero, otros quieren elevar los precios y perder parte de su cuota de mercado, e incluso así, otros simple y llanamente van a quebrar. Estas son todas pérdidas para Estados Unidos.

Además, ambos países enfrentarán la carga burocrática adicional de administrar su comercio del acero. El gobierno de Corea del Sur necesitará asignar cuotas entre sus productores de acero; y, los funcionarios de aduanas de Estados Unidos deberán comprobar todas las importaciones de Corea del Sur para garantizar que las mismas estén dentro del mencionado límite del 70% y que dichas importaciones no hubiesen sido transbordadas.

Los funcionarios de aduanas de Estados Unidos tendrán que inspeccionar todos los demás envíos de otros países para determinar cuáles están exentos y cuáles están sujetos al arancel del 25%. Según The Economist, se espera que el Gobierno de Trump invierta 24.000 horas de trabajo, procesando 4.500 solicitudes de exención. Y, esa cifra ni siquiera incluye el tiempo que se invertirá en la documentación necesaria para determinar el origen y el estado de exención de cada envío a Estados Unidos por tiempo indefinido en el futuro.

Este es, precisamente, el tipo de tratado comercial discriminatorio y que debe ser administrado que Estados Unidos se esforzó por eliminar en el último medio siglo. Pero, Trump no sólo acaba de dar un golpe al comercio multilateral abierto. Peor aún, él ha destruido la credibilidad negociadora de Estados Unidos. Si un presidente de Estados Unidos puede forzar tan fácilmente la aceptación de enmiendas unilaterales a tratados establecidos, ¿por qué debería algún país molestarse en negociar con Estados Unidos?

Los líderes surcoreanos gastaron una gran cantidad de capital político nacional para negociar el KORUS, y estaban dispuestos a hacerlo porque confiaban en que Estados Unidos actuaría de buena fe. Ahora se encuentran en una posición en la que deben aceptar un contrato en el que la otra parte les obligó a aceptar condiciones que nunca fueron negociadas.

Para los aliados de Estados Unidos que son exportadores de acero, como por ejemplo Corea del Sur y Japón, el hecho de que el Gobierno Trump justifique sus aranceles invocando razones de “seguridad nacional” agrega un insulto a los daños que causa. Al fin y al cabo, el Gobierno Trump declaró recientemente que Corea del Norte es la principal amenaza estratégica de Estados Unidos, y ahora está trabajando con el gobierno surcoreano para celebrar una cumbre con el líder de Corea del Norte este próximo mes de mayo.

Si a Trump realmente le importa la seguridad nacional o la competitividad estadounidense, entonces sus acciones son completamente incomprensibles. Ellas conducirán a costos graves que serán pagados por la economía de Estados Unidos y por el sistema de comercio multilateral basado en reglas, así como también llevarán a la pérdida de credibilidad de Estados Unidos, que durará hasta mucho después de que Trump haya salido del cargo.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

http://prosyn.org/lrWOO7N/es;

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