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La verdad sobre la ayuda para el desarrollo

SEATTLE – El plan presupuestario para el 2018 del presidente estadounidense, Donald Trump, propone grandes recortes en la ayuda externa de Estados Unidos, dando pie a una discusión sobre el papel de este gasto en mejorar la salud y el bienestar de las personas más vulnerables del mundo. Esta discusión es importante porque, a la hora de reducir muchas de las mayores desigualdades del mundo, la ayuda es más importante que nunca -y tal vez incluso más- por razones que no se entienden ampliamente todavía.

En los últimos 25 años, los programas de ayuda exterior han ayudado a abrir una era de progreso sin precedentes en el mundo en desarrollo. La mortalidad infantil y la pobreza extrema se han reducido a la mitad. Las asociaciones multilaterales innovadoras como el Fondo Global y Gavi, la Alianza para la Vacunación -de la que Estados Unidos es el mayor financiador- han salvado millones de vidas, ya que han reducido la carga de enfermedades infecciosas como la malaria, el VIH y la tuberculosis. La Fundación Bill & Melinda Gates se enorgullece de colaborar con estas iniciativas para reducir los costes de las vacunas y otras intervenciones, aumentando así su impacto mensurable en la salud mundial.

La experiencia demuestra que los programas de salud y desarrollo alcanzan grandes dividendos económicos. Por cada dólar invertido en vacunaciones infantiles, por ejemplo, los países en desarrollo logran $ 44 en beneficios económicos.

Sin embargo, la mayoría de las personas no son conscientes de los enormes avances logrados gracias a la ayuda al desarrollo. En una encuesta reciente a 56.409 personas en 24 países, solo una de cada 100 sabía que la pobreza global se había reducido a la mitad. Más de dos tercios pensaban que la pobreza extrema había aumentado. Estas percepciones erróneas de la gente refuerzan una narrativa pesimista que vuelve políticamente vulnerables a los presupuestos destinados a ayuda extranjera.

Para agravar el problema, las poblaciones de los países donantes a menudo sobrestiman la cantidad de dinero que sus gobiernos gastan en ayuda. En Estados Unidos, la ayuda externa representa menos del 1% del presupuesto federal, a pesar de que en una encuesta reciente de opinión pública se vio que el 73% de los estadounidenses cree que la ayuda contribuye “muchísimo” o "bastante" a la deuda nacional.

Hay otro error que oscurece el juicio de los países donantes: la idea de que la ayuda a los países en desarrollo es un acto de generosidad, sin beneficios tangibles para el donante. La verdad es todo lo contrario. De hecho, ayudar a financiar programas de desarrollo va en el propio interés de los países desarrollados, tanto en términos de seguridad como económicos.

Sin fondos de ayuda, el aumento de la pobreza y la inestabilidad pueden atraer a los países desarrollados a conflictos lejanos y traer inestabilidad a sus puertas, en forma de crisis de inmigración y refugiados, así como pandemias. En contraste, cuando se utiliza para apoyar el aumento de los ingresos en las economías en desarrollo, la ayuda puede crear en ellos puestos de trabajo orientados a la exportación. De los 15 principales socios comerciales de Estados Unidos, es decir, países autosuficientes que consumen bienes y servicios estadounidenses, 11 son ex beneficiarios de la ayuda.

Muchos más países en desarrollo se están apropiando de su futuro. Contribuyen más a su propio desarrollo, a través de programas públicos nacionales apoyados por políticas fiscales y fiscales inteligentes. Y están asignando una alta prioridad a las inversiones en áreas críticas, como educación, atención médica básica y aumento de la productividad agrícola, los pilares de un futuro autosuficiente y próspero. En la actualidad, los negocios privados y el capital también se encuentran en un proceso de ampliación de su papel en los proyectos de desarrollo.

Sin embargo, por el momento, la ayuda de los donantes sigue siendo esencial para cubrir las brechas de la financiación interna, hacer frente a las fallas del mercado y fomentar una mayor inversión del sector privado. Y, a pesar de los enormes pasos alcanzados en las últimas décadas, todavía queda mucho trabajo pendiente para dar continuidad al progreso en las áreas de la salud y el desarrollo.

Más de mil millones de personas todavía viven con menos de un dólar por día. Cada año, más de tres millones de bebés mueren en su primer mes de vida. Abordar estos y otros problemas persistentes (parte del ambicioso conjunto de metas de salud y desarrollo que las Naciones Unidas han fijado para 2030 como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible) sería casi imposible sin la continuidad de la ayuda al desarrollo.

Esto no significa que los programas de ayuda existentes sean perfectos. Por el contrario, debemos estar atentos a seguir mejorándolos. Pero las quejas de que el dinero destinado a este fin no se está utilizando tan eficazmente como podría exageran mucho el problema. La verdad es que, gracias a una amplia experiencia en el diseño e implementación de programas de ayuda eficaces en función de los costes, los fondos mal utilizados representan una ínfima fracción del total invertido en ayuda.

El mayor problema es la falta de información. Es por eso que quienes trabajamos en el campo del desarrollo debemos esforzarnos más para mejorar la comunicación con los políticos y el público, demostrando cómo funciona la ayuda y los avances que ha facilitado.

A pesar de las incertidumbres actuales, soy optimista de que seguirán los avances en salud y desarrollo global. Tras haber participado en estas áreas durante casi dos décadas, en la ONU y ahora en la Fundación Gates, sé que los argumentos a favor de la ayuda al desarrollo son claros y convincentes. Creo que el mundo no dará la espalda al desafío histórico de reducir las desigualdades en el acceso mundial a la salud, eliminar la pobreza extrema y construir un mundo más equitativo y seguro.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen