sachs334_Robert NickelsbergGetty Images_capitol protest Robert Nickelsberg/Getty Images

La verdad sobre la turba de Trump

NUEVA YORK – Es fácil malinterpretar el asalto al Capitolio estadounidense del 6 de enero. Los legisladores, afectados por la terrible experiencia, ofrecieron declaraciones para explicar que Estados Unidos es un país de leyes, no de turbas. Esto implica que las perturbaciones incitadas por el presidente Donald Trump son algo nuevo, pero no lo son. Estados Unidos cuenta con una larga historia de turbas violentas acicateadas por políticos blancos al servicio de los estadounidenses blancos ricos. Lo inusual en este caso es que la turba blanca se volvió contra los políticos blancos, en vez de atacar a las personas de color que suelen ser sus víctimas.

Por supuesto, las circunstancias en que se dieron estos disturbios es fundamental, el objetivo era intimidar al Congreso para detener el traspaso pacífico del poder. Esto es sedición y al impulsarla Trump cometió un delito que se castiga con la pena capital.

En el pasado ese tipo de violencia se orientó hacia objetivos más tradicionales del odio blanco: los afroamericanos que intentaban votar o poner fin a la segregación en los autobuses, las viviendas, las barras en los restaurantes y las escuelas; los nativos americanos que procuraban proteger sus tierras de caza y recursos naturales; los trabajadores agrícolas mexicanos que exigían seguridad laboral; y los trabajadores inmigrantes chinos que previamente habían construido los ferrocarriles y trabajado en las minas. A esos grupos apuntaba la violencia de las turbas alimentada por estadounidenses, desde el presidente Andrew Jackson y el pionero Kit Carson en el siglo XIX, hasta el gobernador de Alabama, George Wallace, en el siglo XX.

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