Giant panda Mei Lun yawns at Chengdu Research Base of Giant Panda Breeding Wang Qin/Chengdu Economic Daily/VCG via Getty Image

El regalo de Trump a China

BERLÍN – Ya está claro que el siglo XXI trae consigo el inicio de un nuevo orden mundial. Mientras la incertidumbre y la inestabilidad asociadas con ese proceso se extienden por el globo, Occidente respondió con timidez, o con nostalgia de antiguas formas de nacionalismo que fracasaron en el pasado y que seguramente no funcionarán ahora.

Hasta para el optimista más incorregible, la cumbre del G7 celebrada este mes en Quebec fue la prueba de que el Occidente geopolítico se está desintegrando y perdiendo peso global, y que el gran destructor de ese orden que fue creado y liderado por Estados Unidos no es otro que el presidente estadounidense. Es verdad que Donald Trump es más un síntoma que una causa de la desintegración de Occidente, pero él está acelerando el proceso en forma dramática.

Los orígenes del malestar occidental pueden rastrearse hasta el final de la Guerra Fría, cuando un orden mundial bipolar dio paso a la globalización económica, que permitió la aparición de nuevas potencias como China. En las décadas que siguieron, EE. UU. aparentemente se convenció de que sus viejas alianzas eran más una carga que un activo.

Esto se aplica no sólo a Europa, Japón y Corea del Sur, sino también a los vecinos inmediatos de EE. UU.: Canadá y México. La decisión de Trump de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio dejó a EE. UU. y Canadá profundamente divididos en la cumbre de Quebec, y es seguro que el conflicto comercial entre ambos países tendrá consecuencias políticas mucho más amplias.

Europa y el Atlántico Norte dominaron la economía global por cuatro siglos. Eso se acabó. Y la nueva geografía de poder implícita en el traslado del centro de gravedad económico del mundo desde la región transatlántica hacia la región de Asia y el Pacífico no es compatible con el mapa conceptual de la geopolítica del siglo XX, mucho menos la del siglo XIX.

Aunque EE. UU. sigue siendo la principal superpotencia del mundo, China ha resurgido como una fuerza geopolítica que es nueva y muy antigua a la vez. Con una población de 1400 millones de personas y un mercado interno enorme, China está desafiando a EE. UU. por el papel de líder económico, político y tecnológico del mundo.

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Cualquiera que haya visitado alguna vez los pasillos del poder en Beijing sabe que la dirigencia china tiene su propio mapa del mundo, en el que China (el “Reino del Medio”) aparece en el centro, mientras Europa y EE. UU. se caen por los costados izquierdo y derecho, respectivamente. Es decir, EE. UU. y Europa (esa extraña mescolanza de pequeños y medianos estados‑nación) ya se encuentran divididos y confinados a los márgenes.

Al principio, EE. UU. reaccionó intuitivamente a los cambios geopolíticos de este siglo con un “giro a Asia”. Pero EE. UU. tenía presencia en el Atlántico y en el Pacífico desde mucho antes, y en su carácter de última potencia global que queda, puede anticiparse a los cambios geopolíticos históricos de modo de proteger sus intereses.

Europa, en cambio, atravesó como en automático el actual interregno histórico, ocupada más que nada en la introspección, en viejas animosidades y en dulces sueños decimonónicos de cuando todavía gobernaba el mundo. Y acontecimientos como la victoria electoral de Trump y el referendo británico por el Brexit reforzaron esa visión estrecha.

Pero en vez de ahondar en las extrañas conductas de Trump, es mejor recordar que lo que está pasando en el mundo empezó antes de su presidencia. Al fin y al cabo, el “giro a Asia” lo inició el expresidente estadounidense Barack Obama; Trump solamente lo continuó con medidas de las que el ejemplo más reciente es la reunión con el líder norcoreano Kim Jong-un en Singapur.

Si las políticas de Trump plantean riesgos serios, no es porque representen una reorientación estratégica de EE. UU. (algo que ya estaba en marcha), sino porque son autocontradictorias e innecesariamente destructivas. Por ejemplo, cuando Trump pide una reducción de la presencia militar estadounidense en Medio Oriente, sólo repite lo que ya decía Obama.

Pero al abandonar el acuerdo nuclear con Irán, Trump hace más probable una guerra en la región. Y con sus esfuerzos exagerados para aliviar el aislamiento internacional de Corea del Norte, sin obtener casi nada a cambio, ha fortalecido la posición de China en Asia Oriental.

La guerra comercial global de Trump es igualmente contraproducente. Al imponer aranceles a los aliados más cercanos de EE. UU., prácticamente los arroja a los brazos de China. Si los exportadores europeos y japoneses se encuentran con barreras proteccionistas en EE. UU., ¿qué pueden hacer sino recurrir al mercado chino? Y una Europa sin su respaldo noratlántico no tiene otra opción que virar en dirección a Eurasia, pese al militarismo del presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania oriental y sus intentos de influir en el resultado de elecciones en Occidente.

Además, incluso sin el proteccionismo estadounidense, Japón iba a tener que adaptarse tarde o temprano al creciente poder económico de China. La última oportunidad de contener al gigante chino se perdió cuando Trump abandonó el Acuerdo Transpacífico, que hubiera alzado ante China un dique de contención liderado por EE. UU. en la cuenca del Pacífico.

De modo que el “giro a Asia” se desarrollará en formas muy diferentes a cada lado del Atlántico. Sin políticas conjuntas de EE. UU. y la Unión Europea para mantener la cohesión transatlántica, Occidente pronto será cosa del pasado. Con EE. UU. mirando hacia el oeste a través del Pacífico, y Europa mirando hacia el este en dirección a Eurasia, la única vencedora será China. El verdadero peligro estratégico de la era de Trump, entonces, no es simplemente que el orden mundial esté cambiando, sino que las políticas de Trump sólo lograrán “hacer a China grande otra vez”.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/by0ZTCg/es;

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