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La sesgada política exterior del “nuevo” Trump

WASHINGTON, DC – Tras una serie de cambios radicales en política exterior, ahora se habla de un Donald Trump “nuevo” mucho más inclinado al uso del poder militar que el Trump que vimos en la campaña presidencial de 2016 en los Estados Unidos. El Trump de antes aparentemente consideraba inútil y peligroso cualquier uso de la fuerza militar estadounidense en Siria, y llamaba a Estados Unidos a encerrarse tras nuevos muros.

Ahora, de un día para el otro, el gobierno de Trump lanzó un ataque con misiles contra una de las bases aéreas del presidente sirio Bashar al-Assad, insinuó la posibilidad de emprender acciones militares contra Corea del Norte, y arrojó la “madre de todas las bombas” sobre un reducto de Estado Islámico en el este de Afganistán. Todo esto acompañado de tuits del presidente en los que declara que Estados Unidos buscará soluciones propias a los grandes problemas si otros países no ofrecen ayuda.

La comunidad internacional (incluida China) pareció comprender la decisión estadounidense de atacar la base aérea siria desde la que se había lanzado un horroroso ataque con armas químicas. Pero el gobierno de Trump todavía sigue una agenda basada en la idea de “Estados Unidos primero”. Tras despertar a las realidades mundiales, ha comenzado a ajustar sus políticas, a veces tan drásticamente que hay motivos para temer que la diplomacia esté siendo relegada a un papel secundario detrás de bombas y tuits.

Temor que refuerzan los enormes recortes propuestos por Trump al presupuesto del Departamento de Estado y a la financiación estadounidense para las Naciones Unidas, al tiempo que muchos puestos clave del aparato diplomático estadounidense siguen vacantes. Incluso los amigos de Estados Unidos advierten que es un camino peligroso: las bombas sólo pueden destruir; para crear paz duradera se necesitan negociaciones y alianzas, es decir, diplomacia.

Abundan en el mundo conflictos (empezando por Siria) que sin la atención de la diplomacia estadounidense serán más difíciles de resolver. Una de las razones del fracaso de las conversaciones patrocinadas por la ONU para poner fin a la guerra civil es que nadie conoce la postura de Estados Unidos con Trump. Ante este vacío de liderazgo, otros países han comenzado a proteger sus apuestas y cuidar sus propios intereses.

Otra cuestión que demanda diplomacia es Corea del Norte, que está desarrollando armas nucleares y los misiles balísticos intercontinentales necesarios para su lanzamiento. Hasta ahora, Trump trató de hallar una solución presionando a China con amenazas de emprender acciones unilaterales drásticas si no pone freno a su protegido. Pero no está claro que el gobierno de Trump realmente tenga alguna estrategia concreta en relación con Corea del Norte o que cuente con los medios para ponerla en práctica.

Además de Corea del Norte, hace poco la ONU alertó que el conflicto que se desarrolla en Yemen (y del que la prensa habla muy poco) “empuja velozmente al país hacia un colapso social, económico e institucional”. La situación humanitaria ya es penosa para el 60% de los 30 millones de habitantes de Yemen: se estima que siete millones de personas pueden estar cerca de una hambruna, y casi 500 000 niños están en riesgo de desnutrición grave.

Hace años que el gobierno del presidente yemenita Abdrabbuh Mansour Hadi (con respaldo saudita) y la coalición rebelde hutí del ex presidente yemenita Ali Abdullah Saleh libran una guerra sin resultados militares a la vista. El gobierno del expresidente estadounidense Barack Obama hizo intentos reiterados pero vanos de mediar un alto el fuego; pero también suministró (aunque a regañadientes) bombas para la campaña aérea de Arabia Saudita. Trump parece más decidido todavía a continuar dando ese apoyo.

Una explicación simplista del conflicto en Yemen dice que es obra de Irán, de modo que la intervención estadounidense y saudita es para obstaculizar las ambiciones geopolíticas de la República Islámica. Y ahora que tácitamente Trump aceptó el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, algunos de sus asesores creen necesario presionar a Irán en otro frente, lo que llevó a aumentar la frecuencia de ataques e incursiones estadounidenses en Yemen.

Pero en realidad, el apoyo iraní a los hutíes no es tanto como se supone, y ver a Estados Unidos y Arabia Saudita empantanados en Yemen seguramente complace a Teherán.

Otra posible justificación del involucramiento estadounidense en Yemen es que Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) sentó sus reales en el país. Pero un ambiente de destrucción y desesperación es favorable al grupo extremista, así que no será posible erradicarlo mientras Yemen siga desgarrado por la guerra.

Al mismo tiempo que la ONU advierte claramente sobre la inminencia de una catástrofe en Yemen, la coalición liderada por Arabia Saudita prepara una ofensiva para capturar la línea costera alrededor del puerto de Al Hudayda, una jugada que según alertó el Grupo Internacional de Crisis agravará la situación humanitaria.

En vez de una escalada militar, Estados Unidos debería intensificar los esfuerzos diplomáticos y de ayuda humanitaria. De hecho, lo segundo va de la mano de lo primero. Y no hay que olvidar que fueron Hadi y los sauditas los que rechazaron el último intento de la ONU de mediar un alto el fuego.

Para resolver el conflicto, los rebeldes y el gobierno deben retomar el diálogo con el enviado especial de la ONU para Yemen, quien propuso un plan de negociación. Además, el Consejo de Seguridad de la ONU debe colaborar con la búsqueda de una solución política aprobando una muy demorada resolución que exija a ambas partes aceptar un alto el fuego inmediato, permitir la entrada de ayuda humanitaria y volver a la mesa de negociación.

La diplomacia exige que todas las partes hagan concesiones. Una escalada del conflicto no beneficiaría a nadie (salvo Irán, tal vez). Una catástrofe humanitaria en Yemen seguida de su total colapso llevaría a millones de desesperados a huir del país, lo que serviría a AQPA y otras organizaciones extremistas para sacar provecho del caos y la desesperación.

Hay que celebrar el regreso de Estados Unidos al mundo, pero sólo en la medida en que el gobierno de Trump deje de ver los conflictos exclusivamente en términos militares. Es verdad que a veces la lucha armada es necesaria; pero la diplomacia lo es siempre, y en lugares como Yemen, esto es más claro que nunca. La implosión de otro país más es lo último que el mundo (incluido Trump) necesita.

Traducción: Esteban Flamini