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El arte del acuerdo ¿se aplicará en Medio Oriente?

RAMALLAH – La victoria de Donald Trump en la elección presidencial estadounidense dejó al mundo boquiabierto, y muchos (sobre todo los aliados de Estados Unidos) se sienten algo más que un poco preocupados por lo que su liderazgo pueda traer. Pero para los desesperados palestinos, la inminente presidencia de Trump parece ofrecer un ligero motivo de esperanza.

Trump concitó el apoyo de votantes enojados y frustrados, y los palestinos se sienten aún más furiosos y desesperados que los estadounidenses blancos de clase trabajadora que lo apoyaron. Pero la principal razón de las esperanzas de los palestinos es la misma que explica el temor de los aliados de Estados Unidos: Trump es un outsider de la política y tiene pocos vínculos con la tradición de política exterior estadounidense o los grupos de intereses que le dieron forma.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Con tan poco bagaje político e ideológico, Trump no está obligado a sostener ninguna posición en particular en la mayoría de los temas de política interna o externa. Esto sugiere que podría derribar convenciones que a menudo han sido perjudiciales para Palestina y cambiar las reglas de juego. En su discurso de victoria, prometió que su gobierno va a “tratar justamente a todos. A todas las personas, y a todas las naciones”.

La idea de una política exterior estadounidense justa suena muy atractiva, y no sólo para actores frustrados como Palestina. Pero en cierto sentido, la política exterior es fundamentalmente injusta, ya que los líderes nacionales deben anteponer siempre su propio país a los demás, una realidad que Trump también destacó en el discurso.

Además, las reglas de la política exterior estadounidense no salieron de la nada, y quienes por mucho tiempo las defendieron (o exigieron) siguen estando. Tal vez Trump no esté particularmente supeditado a grupos de intereses especiales ahora; pero hasta el presidente Barack Obama, que ascendió al poder como un outsider opuesto a esa clase de grupos, cayó bajo su influencia poco después de asumir el cargo.

Ahora mismo es imposible saber qué medidas tomará un novato de la política como Trump (sobre todo porque es imposible saber qué grupos de intereses o donantes ejercerán influencia sobre él). Por el momento, no le debe nada al Comité de Asuntos Públicos Israelí-Estadounidense (AIPAC), el poderoso lobby proisraelí de Estados Unidos. Pero uno de los pocos multimillonarios que lo apoyó es Sheldon Adelson, un magnate del juego y megadonante republicano que hace tiempo promueve la agenda de los partidos israelíes de derecha.

Aun si Trump puede sustraerse a las influencias que tradicionalmente han definido la política estadounidense, eso no bastaría para producir una posición justa en relación con el conflicto entre Israel y Palestina. Para eso, también tendría que revertir o modificar muchas viejas políticas de Estados Unidos, comenzando por la aceptación de la ocupación permanente israelí de territorio palestino, que ya lleva casi medio siglo.

Una política estadounidense justa también debería rechazar el robo de tierras por parte de Israel (mediante la creación de asentamientos exclusivamente israelíes en territorio ocupado) y oponerse a la existencia de un régimen con características de apartheid, por el que una minoría de colonos ilegales vive bajo la ley civil mientras la mayoría vive bajo la ley militar. ¿Podemos esperar de Trump ese nivel de justicia?

No es probable. De hecho, los israelíes parecen estar igualmente esperanzados de que la presidencia de Trump incline la balanza todavía más a su favor. El ministro de educación de Israel, el derechista Naftali Bennett, dijo que la victoria de Trump es una oportunidad para que Israel “se retracte de la idea de tener un estado palestino en el medio del país”.

Claro que la alternativa a Trump (la candidata demócrata Hillary Clinton) tal vez no hubiera sido mucho mejor para los palestinos. A pesar de que (como sus predecesores) hubiera defendido una solución de dos estados, es improbable que de un día para el otro decidiera obligar a Israel a retirarse a sus fronteras de 1967. Dicho de otro modo, hubiera mantenido la política bifronte de Estados Unidos de actuar como mediador de paz y al mismo tiempo ofrecer apoyo sustancial (como una subvención de 38 000 millones de dólares por diez años) a una de las partes, Israel.

Pero que nadie se haga ilusiones de que Trump será un árbitro de la justicia, mucho menos un pacificador, en el conflicto entre Israel y Palestina. El antagonismo y la impulsividad son su modus operandi, y se pasó toda la campaña incitando al odio contra los musulmanes. Es probable que siga por la misma senda y alimente la islamofobia en Estados Unidos.

Tampoco se espere ver sus declaraciones convertidas en una ofensiva eficaz contra el terrorismo. Su promesa de guerra al “Islam radical” no producirá ningún cambio importante respecto de la estrategia actual de Obama en Medio Oriente. Como mucho, Trump debilitará la posición estadounidense en la región. Puede ocurrir, por ejemplo, que ahora los líderes europeos se sientan alentados a aplicar su solución preferida en Libia.

Un lugar donde la presidencia de Trump puede traer cambios es Siria. Dada la evidente buena conexión entre Trump y el presidente ruso Vladimir Putin, es concebible que lleguen a un acuerdo para poner fin a los combates en ese país devastado. Pero es casi seguro que incluirá la permanencia en el poder del presidente Bashar al-Assad, a pesar de su responsabilidad central por el derramamiento de sangre.

Es verdad que Trump no gobernará solo. Pero el Congreso estadounidense tampoco ofrece muchos motivos de esperanza. Ambas cámaras ahora están bajo control de los republicanos, afectos a ridiculizar las organizaciones internacionales y resistirse a ofrecer ayuda al extranjero, incluso con fines humanitarios. De modo que es probable que la influencia global que Estados Unidos deriva de su agencia de donaciones (USAID) y de su participación en organismos de las Naciones Unidas decaiga (como decaerá la ya vapuleada reputación global estadounidense).

Abandonar los objetivos humanitarios y las obligaciones morales para concentrarse sólo en los intereses de Estados Unidos no es forma de diseñar una política exterior eficaz, y mucho menos justa. No hay modo de saber si los estadounidenses demandarán un regreso a los valores que siempre han sostenido como símbolos de la grandeza de su país. Lo que está claro es que hasta que eso suceda, Trump es el que manda, y (lamentablemente para los palestinos) es probable que no lo haga pensando mucho en la justicia.

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¿Puede un frágil Medio Oriente soportar a este nuevo, más volátil Estados Unidos?

Traducción: Esteban Flamini