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Un paso atrás desde el inicio de Trump

STANFORD – Las primeras semanas de la presidencia de Donald Trump contuvieron lo que pareció ser un año de actividad y encono. Los medios estadounidenses "hablan sólo de Trump, todo el tiempo" -y tuvieron una buena dosis de combustible-. Entre las medidas iniciales de Trump para "sacudir" a Washington, que incluyeron una prohibición de hacer lobby durante cinco años y aprobaciones de proyectos que el presidente Barack Obama había bloqueado, cometió algunos errores graves -y evitables.

Trump está lejos de ser el primer presidente en llegar a la Casa Blanca con la intención de sacudir las cosas. El presidente Jimmy Carter lo intentó, pero inmediatamente entró en conflicto con el liderazgo de su propio partido en el Congreso -y, subsiguientemente, tuvo problemas para lograr algún objetivo-. Por ejemplo, el Congreso convirtió el recorte de impuestos para dividendos que él había propuesto en uno para ganancias de capital.

El sucesor de Carter, Ronald Reagan, fue mucho más exitoso en su intento por imponer reformas para los recortes impositivos, así como en fomentar la escalada militar que sirvió para ganar la Guerra Fría. Pero no pudo frenar el gasto.

Bill Clinton intentó rehacer el sistema de atención médica de Estados Unidos. No pudo hacerlo, lo cual derivó en una impresionante derrota para los demócratas en las elecciones parlamentarias de mitad de mandato en 1994. La gente se queja del desorden en la administración Trump, pero la Casa Blanca de Clinton estaba tan desorganizada que tuvo que nombrar a Leon Panetta como jefe de Gabinete y a David Gergen como asesor de comunicaciones para enderezar el barco.

Ahora es el turno de Trump de intentar una sacudida, y lo está encarando de manera diferente que sus antecesores. Pero Trump no puede cambiar las reglas de juego unilateralmente; debe trabajar dentro de las restricciones de las muchas instituciones mediadoras del gobierno de Estados Unidos y de un sistema fuerte de mecanismos de control.

Muchas de las prioridades de Trump en materia de políticas -incluida la reforma impositiva, cierta desregulación, una escalada militar, el gasto en infraestructura y el rechazo y sustitución de la Ley de Atención Médica Asequible- requerirán legislación. Eso significa armar coaliciones parlamentarias ganadoras. Muchos de los que respaldan, digamos, los recortes impositivos y la desregulación se opondrán a sus incrementos del gasto y exigirán una reforma de la seguridad social.

Trump también tendrá que lidiar con las cortes, que ya se pronunciaron en contra de su temprana orden ejecutiva de prohibir la entrada a Estados Unidos de cualquier persona proveniente de siete países de mayoría musulmana. Pero su reprimenda de las cortes y los jueces que revocaron su prohibición de viajar palidece en comparación con el ataque de Obama a la Corte Suprema durante su Discurso del Estado de la Unión en 2010. Y ninguno de los dos representaba una "amenaza para la democracia" comparado con la propuesta del presidente Franklin D. Roosevelt de llenar la Corte Suprema de jueces adicionales que apoyarían su programa económico.

El tiempo dirá si Trump y su equipo desarrollan la capacidad y la paciencia para trabajar de manera efectiva dentro del sistema al que se opusieron, aceptando acuerdos para alcanzar el éxito. (La última reforma impositiva importante llevó dos años). Carter no lo hizo y falló; Reagan lo hizo con frecuencia y triunfó. Clinton finalmente también tuvo éxito al cooperar con los republicanos en el Congreso para reformar los beneficios sociales y equilibrar el presupuesto.


Ahora bien, en materia de asuntos externos, el presidente estadounidense tiene una autoridad sustancial. Trump ha desconcertado a algunos aliados de Estados Unidos, inclusive alimentando dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con la OTAN. Los funcionarios de su Gabinete recientemente han intentado tranquilizar a esos aliados, insistiendo a la vez en que se ocupen de los déficits en materia de gasto de defensa. Como sea, las reuniones iniciales de Trump con los líderes del Reino Unido, Japón, Canadá e Israel fueron positivas.

En el ámbito del comercio, las declaraciones de Trump también han sido algo desconcertantes. Más allá de retirarse del Acuerdo Transpacífico, ha sugerido renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y amenazó con imponer aranceles elevados a las importaciones chinas. Pero el Congreso puede empujar a Trump hacia una estrategia más moderada. Recordemos que Obama también hizo campaña en contra del TLCAN.

Sin duda, Trump tiene razón en que encontrar mejores mecanismos de ajuste para los obreros excluidos en Estados Unidos es una deuda de hace mucho tiempo. Pero el comercio, en conjunto, ha hecho más bien que mal y la abrumadora mayoría de pérdidas de empleos en la industria en el mundo desarrollado ha resultado de los avances tecnológicos como la automatización.

Afortunadamente, Trump cuenta con un equipo fuerte para ayudar a navegar cuestiones complejas de política exterior. Ha hecho algunos nombramientos excelentes para el gabinete, inclusive de tres personas que conozco bien: el secretario de Defensa James Mattis, el secretario de Estado Rex Tillerson y la secretaria de Transporte Elaine Chao. Son personas inteligentes con una gran integridad, habilidades interpersonales sólidas y una excelente capacidad de gestión. Le dirán a Trump lo que necesita oír. El candidato de Trump para la Corte Suprema, Neil Gorsuch, ha sido muy elogiado.

Los resbalones de Trump, hasta el momento, me suenan a errores de principiante. Emitió precipitadamente su orden de prohibición de viaje, sin revisarla con los departamentos relevantes. Su primer asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, tuvo que renunciar, después de que se supo que había engañado al vicepresidente Mike Pence respecto de la discusión de las sanciones estadounidenses con el embajador ruso antes de la asunción de Trump. Trump ha forcejeado con la comunidad de inteligencia sobre información filtrada (ilegalmente).

Trump hace comentarios hiperbólicos y hasta falsos con más frecuencia que sus antecesores. Esos comentarios pueden sembrar incertidumbre y división. Sus propuestas de políticas y sus decisiones iniciales tal vez reflejen sus verdaderos objetivos, pero también pueden ser presentadas de una manera especial como una táctica de negociación o una estrategia para los medios. En cualquier caso, una comunicación más clara beneficiaría a Trump y a la población por igual.

Algunos demócratas hoy están tan enfurecidos que exigen una "resistencia total". Aquí en California, algunos están reclamando con histeria que todo el estado se convierta en un refugio de inmigración; hasta se está hablando de secesión. Los demócratas en el Senado, por su parte, se esforzaron mucho por demorar la aprobación de los nombramientos de Trump para el Gabinete, minando aún más el funcionamiento de la administración. Cientos de posiciones de alto rango todavía esperan por candidatos.

Trump, al igual que todos los presidentes, quiere ganar. Sabe que debe ofrecer resultados que mejoren la vida de la gente. Afortunadamente para él, la expectativa de que brindará alivio con respecto a los controles regulatorios y los altos impuestos al capital de Obama, por ahora, ha animado a los mercados bursátiles y los demócratas parecen estar autodestruyéndose.

Si Trump pretende sacar plena ventaja de estas tendencias para impulsar su agenda de reforma, necesitará darle a su Gabinete un rol más importante en la política y mejorar la coordinación con el personal de la Casa Blanca. Y tendrá que virar su atención de coquetear con la controversia a impulsar sus políticas. De lo contrario, hasta sus seguidores empezarán a experimentar una fatiga de Trump.