shinzo abe japanese flag TORU YAMANAKA/AFP/Getty Images

Japón primero

TOKIO – Hasta las ballenas se han visto afectadas por el Presidente estadounidense Donald Trump. Este año Japón se retirará de la Comisión Ballenera Internacional y reanudará la caza de ballenas con fines comerciales. El gobierno conservador del Primer Ministro Shinzo Abe plantea que comer carne de ballena es parte importante de la cultura japonesa, a pesar de que la cantidad de japoneses que lo hacen es ínfima en comparación con hace medio siglo. La salida de la CBI significará que los balleneros japoneses solo podrán pescarlas en aguas costeras de Japón, donde la cantidad de estos cetáceos es relativamente escasa.

La verdad es que la decisión fue un regalo para unos pocos políticos de áreas donde todavía se practica la caza de ballenas y para los nacionalistas que se sienten heridos por el hecho de que los extranjeros de organizaciones internacionales digan a Japón lo que puede y lo que no puede hacer. Se trata de una acción enteramente política, inspirada según el periódico liberal Asahi Shimbun en la insistencia de Trump en “Estados Unidos primero”. Este es un asunto de “Japón primero”. Aunque es poco probable que le importe a Trump, la insistencia de Japón en la caza de ballenas es perjudicial para la imagen del país.

Abe, un acérrimo nacionalista japonés, tiene una relación compleja con Estados Unidos. Al igual que su abuelo Nobusuke Kishi, también nacionalista y que fuera arrestado en 1945 como criminal de guerra para a continuación convertirse en un leal aliado anticomunista, está dispuesto a cualquier cosa para permanecer cerca de EE.UU., pero al mismo tiempo desea que Japón esté primero. Uno de sus sueños es finalizar el intento de su abuelo de revisar la constitución pacifista de posguerra, escrita por los estadounidenses, y aprobar un documento más patriótico y posiblemente más autoritario que legalice el uso militar de la fuerza.

Japón ha sido un aliado ejemplar de los estadounidenses. Alemania e Italia, las otras potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, tienen la OTAN y la Unión Europea. Japón solo tiene el Tratado de Cooperación y Seguridad Mutuas, firmado en 1960 con Estados Unidos para protegerse de las potencias hostiles, y el ascenso de China aterroriza a los japoneses. Por eso Abe fue el primer político extranjero, tras la Primera Ministra británica Theresa May, en apresurarse a felicitar a Trump en persona en 2017.

En varios respectos importantes, Japón se ha beneficiado mucho de estar bajo el alero de Estados Unidos y de la constitución de posguerra, que no es solo pacifista, sino más democrática que cualquier otra que el país haya tenido antes, consagrando los derechos individuales, el sufragio universal y la libertad de expresión. Vedado constitucionalmente de participar en aventuras militares, excepto como un muy bien pagado productor de bienes durante los distintos conflictos de Estados Unidos en Asia, el país se pudo concentrar en reconstruir su poder industrial, de manera parecida a los países de Europa Occidental.

Pero la democracia de la que los estadounidenses están tan orgullosos de haber instalado tras 1945 también ha estado manchada por su interferencia. Al igual que Italia, Japón estuvo en la primera línea de la guerra fría. Y, al igual que los democratacristianos italianos, el conservador Partido Liberal Demócrata japonés disfrutó de enormes cantidades de dinero estadounidense para asegurarse de que no llegaran al poder partidos de izquierdas, lo que en la práctica convirtió al país en un estado unipartidista.

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Esto llevó a una especie de esquizofrenia entre los nacionalistas conservadores japoneses como Abe. Aprecian mucho la generosidad estadounidense y su respaldo militar contra los enemigos comunistas, pero les afecta profundamente tener que vivir regidos por una constitución liberal impuesta por extranjeros. Como el Tribunal de Tokio por los Crímenes de Guerra en 1946, en que jueces extranjeros procesaron a las autoridades japonesas que gobernaron el país durante el conflicto bélico, la constitución y todo lo que representa se ven como una humillación nacional.

La derecha japonesa quisiera deshacer gran parte del orden de posguerra creado por Estados Unidos con el apoyo de los liberales japoneses. El proyecto revisionista de Abe no solo apunta al pacifista Artículo 9, que prohíbe a Japón el uso de la fuerza armada, sino también a temas como educación, las leyes de emergencia y el papel del emperador.

Para modificar el Artículo 9, el actual gobierno de coalición necesitaría el apoyo de dos tercios de la Dieta (Parlamento), así como un referendo popular. Tras su aplastante victoria electoral de 2017, Abe cuenta con la mayoría parlamentaria necesaria. Todavía es dudoso que pudiera ganar un referendo, aunque ha manifestado que desea intentarlo pronto. En el ámbito de la educación, ya ha logrado dos victorias importantes. Ahora el “patriotismo” y la “educación moral” son objetivos oficiales del plan de estudios nacional. Entre otras cosas, esto significa que se instila a temprana edad la obediencia al estado más que los derechos individuales y la libertad de pensamiento. Además, el papel de Japón en la guerra, si se llegase a enseñar en las aulas, se narrará más bien como una empresa heroica de la que los jóvenes se deberían enorgullecer.

En el pasado, y a pesar de todos sus propios defectos y conflictos criminales, Estados Unidos todavía representaba una fuerza benefactora. El ideal estadounidense de apertura y democracia seguía siendo merecedor de admiración. Al mismo tiempo, y de nuevo como en el caso de Europa Occidental, la dependencia de la protección militar de EE.UU. tuvo un efecto menos positivo que convirtió a Japón en una suerte de estado vasallo. Los japoneses acababan haciendo todo lo que querían los estadounidenses, lo que puede acabar por tener un efecto político infantilizante.

En la era de Trump, ya no se puede confiar tanto en Estados Unidos, lo que al menos podría ayudar a los japoneses a pensar en cómo integrarse al mundo sin ellos. Además, Estados Unidos ha dejado de ser un modelo de apertura y libertad. Por el contrario, se ha convertido en un ejemplo de nacionalismo estrecho de miras, xenofobia y aislacionismo. Los nacionalistas japoneses no tienen por qué seguir este modelo, pero si lo hacen, Trump no lo impedirá. Imitarían los peores aspectos del Estados Unidos actual, y arrojarían por la borda lo mejor que alguna vez esta potencia les ofreció.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

http://prosyn.org/eV2swFN/es;

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