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drew45_Bill O'LearyThe Washington Post via Getty Images_trump dorian Bill O'Leary/The Washington Post via Getty Images

Los nuevos problemas de Trump

WASHINGTON, DC – Mientras el Congreso de los Estados Unidos reinicia sesiones tras un receso de seis semanas, la administración está trabada en controversias, casi todas ellas iniciadas por el presidente Donald Trump. Este último tiempo, su conducta ha sido de lo más peculiar desde su asunción al cargo, lo que sin duda se debe en parte al pánico que le provoca la elección de 2020: tiene más motivos para desear la reelección que la mayoría de los presidentes en ejercicio, ya que todavía enfrenta varias demandas legales.

Es posible que el mayor riesgo político para Trump derive de las pruebas cada vez más abundantes de que usó la presidencia para enriquecerse. A diferencia de sus predecesores, Trump se negó a poner sus activos en un fideicomiso ciego, y enfrenta un juicio por aceptación de “emolumentos” (pagos a un presidente de parte de gobiernos extranjeros, prohibidos por la Constitución). Por ejemplo, el régimen saudita y otros han hecho amplio uso de sus hoteles, incluido uno cercano a la Casa Blanca. Y en la cumbre del G7 celebrada el mes pasado, Trump hizo saber que quiere hospedar la reunión del año entrante en su complejo de golf Doral, cerca de Miami, que no pasa por un buen momento económico.

Es posible que los votantes se hayan acostumbrado a la frecuente preferencia de Trump por hospedarse en hoteles y campos de golf de su propiedad (a lo que se suman los costos del Servicio Secreto y demás asistentes). Según una estimación, a mediados de julio Trump había pasado 194 días en campos de golf propios, lo que reportó a la Trump Organization ingresos por 109 millones de dólares. Varios eventos del Partido Republicano han tenido lugar en propiedades de Trump.

Pero estos últimos días, la codicia del presidente estuvo muy de manifiesto. El primer ejemplo es el vicepresidente Mike Pence, que a principios de este mes se alojó en una propiedad de Trump en Irlanda, lo que lo obligó a volar 181 millas (291 kilómetros) para acudir a sus reuniones de alto nivel. El jefe de personal de Pence finalmente tuvo que confesar que Trump había “sugerido” el alojamiento.

Poco después, Politicoinformó que hace unos meses, un avión de transporte militar en misión de suministro de rutina a Medio Oriente hizo escala en un aeropuerto cercano a una propiedad de Trump en Escocia, donde recargó combustible a un costo superior al de las instalaciones militares que normalmente se usan durante los vuelos a esa región; los cinco tripulantes pasaron la noche en el complejo de golf Turnberry de Trump. Tras descubrir muchas otras estadías similares en Turnberry, la Fuerza Aérea ordenó una revisión del uso que hace de servicios de alojamiento en todo el mundo. Trump convirtió la presidencia en un lucrativo negocio.

Además de las revelaciones de la venalidad del presidente, su inseguridad cuasipatológica es cada vez más evidente. Alguien de su equipo dijo que para Trump, admitir un error es mostrarse débil. El ejemplo reciente más flagrante fue su desesperación por convencer a la opinión pública de que no se equivocó al predecir que el huracán Dorian llegaría a Alabama. Tan importante le pareció que hasta modificó con marcador negro un mapa del Servicio Meteorológico Nacional para que incluyera a Alabama entre las áreas afectadas. Luego, a instancias de la Casa Blanca, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (de la que depende el servicio meteorológico) publicó una declaración no firmada en apoyo del presidente, en la que desmintió una corrección que le habían hecho meteorólogos del organismo en Birmingham (Alabama). De modo que una agencia federal crucial ha sido corrompida, y en el futuro, nadie podrá confiar en la veracidad de los avisos de emergencia de Trump.

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Trump también causó otro revuelo a principios de septiembre al ordenar el traspaso de 3600 millones de dólares de fondos edilicios del Pentágono para usarlos en su fantasmagórico muro en la frontera sur con México. Pese a las dudas respecto de la constitucionalidad de que un presidente desvíe unilateralmente partidas aprobadas por el Congreso, 127 proyectos (incluidas numerosas escuelas y otras instalaciones destinadas a las familias de los militares, algunas de ellas en estados representados por republicanos que competirán por la reelección el año entrante) se quedaron sin fondos. Trump también transfirió fondos que debían usarse para mitigación de desastres, en vísperas de la temporada de huracanes.

Estas acciones destacan la desesperación de Trump de llegar a la elección con una parte sustancial del muro construida o en construcción (algo de lo que todavía está muy lejos). Lo que describió como una barrera de mil millas de concreto ahora quedó reducido a la mitad de esa longitud, y hasta ahora, sólo se construyeron 64 millas (103 kilómetros) de vallados de acero en reemplazo de estructuras instaladas durante el gobierno de Obama. Ante la decepción de sus simpatizantes por la falta de avances, el presidente incluso dio instrucciones de confiscar tierras privadas en caso de ser necesario, y prometió a sus asistentes que los indultaría si eso implicaba infringir alguna ley.

Aunque pocos creen que el muro de Trump sea el modo más eficiente de detener la inmigración ilegal, sus menciones del tema durante la campaña de 2016 cosechaban vítores de sus seguidores (a los que por entonces aseguraba que el muro lo pagaría México), y como todavía funcionan, se aferra a la cuestión.

Es probable que otros temas importantes que están en agenda de aquí a fin de año (entre ellos el control de armas y la decisión que deben tomar los miembros demócratas de la Cámara de Representantes respecto de iniciar o no un proceso formal de juicio político) incrementen la presión sobre Trump. A esto se suma la política exterior, que también le está causando problemas a Trump y al país. Su guerra de aranceles con China está dañando la economía estadounidense; iniciativas emblemáticas, entre ellas las negociaciones directas con Corea del Norte y con los talibanes, hacen agua. Y como era de preverse, abandonar el acuerdo nuclear con Irán resultó contraproducente.

El repentino despido esta semana de John Bolton, tercer asesor de seguridad nacional de Trump (Bolton insiste en que renunció) fue sorprendente y a la vez inevitable, porque estaba claro que los dos hombres discrepan en la mayor parte de las cuestiones de política exterior. Bolton era el halcón, Trump la paloma; una de las revelaciones más interesantes sobre el presidente es que en realidad, no quiere ir a una guerra. Al parecer, el diferendo final se dio cuando Bolton hizo saber que se oponía a que Trump negocie con los talibanes para que las tropas estadounidenses puedan retirarse de Afganistán (preferentemente antes de la fecha de la elección). También es evidente que Trump quería recibir a los talibanes en una conferencia de paz en Camp David.

Pero el despido de Bolton no cambia nada. Muchos de los objetivos de Trump son fantasiosos. Es un mal negociador, y su Casa Blanca carece de un proceso de toma de decisiones coherente. La política exterior de los Estados Unidos se ha convertido en reflejo de los caprichos de Trump y de su fe desmesurada en su capacidad de persuasión.

El Partido Republicano ató su destino a un líder cada vez más desquiciado. Pese a que ahora hay otros tres aspirantes a competir por la presidencia en 2020, ninguno puede derrotar a Trump. Pero sí pueden perjudicar su intento de reelección, razón por la cual el Partido Republicano está cancelando algunas elecciones primarias y “caucuses” (convenciones de nominación de candidatos). Es muy posible que los resultados de Trump en noviembre del año entrante dependan de la capacidad de resistencia de su frágil ego en los meses venideros.

Traducción: Esteban Flamini

https://prosyn.org/pFuUGFTes;
  1. haass107_JUNG YEON-JEAFP via Getty Images_northkoreanuclearmissile Jung Yeon-Je/AFP via Getty Images

    The Coming Nuclear Crises

    Richard N. Haass

    We are entering a new and dangerous period in which nuclear competition or even use of nuclear weapons could again become the greatest threat to global stability. Less certain is whether today’s leaders are up to meeting this emerging challenge.

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