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Realismo ante el trumpismo

BERLÍN – A poco más de un mes de la asunción al cargo del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ya es evidente que nada bueno saldrá de su presidencia. Por desgracia, los pesimistas resultaron realistas: todo está realmente tan mal como predijeron. Los peores escenarios se convirtieron en escenarios de base. Hay que descartar por ilusoria toda esperanza de que las exigencias del cargo o las realidades políticas y económicas convenzan a Trump de respetar las normas de la política interna y exterior.

El realismo obliga a aceptar una verdad preocupante: cuando el 45.º presidente de los Estados Unidos deba elegir entre sostener la Constitución de su país (que limita su autoridad por medio de la separación de poderes) o subvertirla, es probable que elija lo segundo. La administración Trump pretende nada menos que ejecutar un cambio de régimen en Washington.

Tarde o temprano, la fricción entre el presidente y el sistema constitucional creará una crisis grave que sacudirá a Estados Unidos hasta sus cimientos, y es posible que lo deje políticamente irreconocible. Los continuos ataques de Trump al sistema judicial y a la prensa (instituciones indispensables para garantizar la rendición de cuentas del ejecutivo) no dejan margen para otra interpretación.

Incluso prevaleciendo el sistema constitucional estadounidense, el caos generado durante la presidencia de Trump puede causar daños permanentes. ¿Qué ocurriría si en este tiempo de incertidumbre hubiera un atentado terrorista grave en Estados Unidos? ¿Caería el país en el autoritarismo, como hemos visto en Turquía? Uno espera que no, pero la posibilidad es real.

En el plano de las relaciones internacionales, hasta ahora no se produjo una ruptura de alianzas y compromisos. Pero ambos seguirán en riesgo en tanto Trump siga su estrategia aislacionista y proteccionista de poner a “Estados Unidos primero”.

Una crisis constitucional en Estados Unidos, un cambio de paradigma de la globalización al proteccionismo, la adopción de nuevas políticas de seguridad aislacionistas, todo ello implica una importante alteración del orden internacional, sin que haya otro alternativo a la vista. En el mejor de los casos, se instalará una inestabilidad permanente; en el peor, la confrontación e incluso el conflicto militar pueden volverse norma.

La relación de Trump con Rusia y su presidente Vladimir Putin sigue siendo poco clara (o directamente misteriosa). Esta incertidumbre continua es particularmente inquietante para Europa oriental, que no puede descartar la posibilidad de que Trump y Putin armonicen sus intereses y organicen Yalta 2.0 para dividir a Europa en esferas de influencia separadas.

La incertidumbre respecto de Rusia se agrava por la presencia de algunos ruidos de fondo curiosos (y persistentes) en la administración Trump. El vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado Rex Tillerson y el secretario de defensa James Mattis han ofrecido garantías a la OTAN y a Europa oriental; y el rusófilo asesor de seguridad nacional de Trump, Michael Flynn, renunció. Sin embargo, cuando una cuestión está rodeada de tanto humo, es altamente probable que algo se esté quemando.

En cualquier caso, Europa seguirá siendo la principal afectada de los embates de Trump contra el orden mundial establecido. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa occidental prosperó gracias a la combinación de dos grandes promesas estadounidenses: protección militar contra la Unión Soviética y libre comercio. Estados Unidos también tuvo un importante papel simbólico como “faro de libertad”. Pero ahora, mientras crece la amenaza del revanchismo ruso contra toda Europa, es posible que ese papel ya sea cosa del pasado.

En tanto, es evidente que las serias heridas autoinfligidas de la Unión Europea la dejaron demasiado débil para desarrollar una alternativa a su tambaleante statu quo. Una falla o ruptura del sistema económico y de seguridad europeo de posguerra (algo que parece probable) puede volver inestables los cimientos en los que se apoyó la Europa libre.

En ese caso, la segunda vuelta de la elección presidencial francesa, el 7 de mayo, puede ser el detonante. Una victoria de Marine Le Pen, del ultraderechista Frente Nacional, provocaría la desintegración de la eurozona y de la UE; Francia y otros estados miembros de la UE sufrirían un daño económico grave y podría desencadenarse una crisis global. Si pierde, la actual oleada nacionalista se habrá cortado, al menos de momento, dando a Europa una segunda oportunidad.

Oportunidad que de producirse no debe ser desaprovechada. La UE necesita urgentemente desarrollar medios para defenderse de amenazas internas y externas, estabilizar la eurozona y garantizar tranquilidad y racionalidad en las próximas negociaciones con el RU para el Brexit. Pase lo que pase, los intereses geopolíticos y de seguridad del RU seguirán siendo los mismos. El Brexit no cambiará el hecho de que se necesita cooperación para la defensa mutua, la lucha contra el terrorismo y la protección de las fronteras.

Por supuesto que la UE no debe aceptar nada que ponga en peligro la unión de 27 estados miembros restante. Pero los negociadores de ambos lados también deben esforzarse en evitar cualquier resultado que pueda envenenar las relaciones entre el RU y la UE por tiempo indefinido. Como nos enseña la experiencia, la vida continúa incluso después de un divorcio. Nuestros intereses comunes permanecerán, con un agregado: hacer frente a los riesgos que plantea el pendenciero nuevo presidente de los Estados Unidos.

Traducción: Esteban Flamini