trump BRENDAN SMIALOWSKI/AFP/Getty Images

La estrategia de contrainteligencia de Trump

ATLANTA – Durante más de dos años, el presidente norteamericano, Donald Trump, ha colmado de elogios a los autoritarios del mundo, ha difamado a los aliados democráticos de Estados Unidos y ha emprendido un esfuerzo, motivado por el ego, destinado a resolver el nudo gordiano del programa de armas nucleares de Corea del Norte. Pero ahora, los efectos de las políticas exteriores delirantes de Trump están pagando las consecuencias. En ningún otro lugar esto es más evidente que en las agencias de inteligencia de Estados Unidos, donde los profesionales encargados de salvaguardar la seguridad nacional del país se esfuerzan por poner al presidente al tanto de realidades que no quiere ver.

Luego del informe anual de amenazas presentado ante el Congreso en enero, Trump profirió una ráfaga de tuits cuestionando la credibilidad del testimonio de sus propios jefes de inteligencia. Si bien el contenido de esos tuits era típicamente imprudente, sería un error desestimarlos y considerarlos un simple berrinche del Niño en Jefe. La petulancia de Trump influye directamente en la capacidad de la comunidad de inteligencia a la hora de hacer su trabajo.

La intención de Trump de menoscabar a sus propios jefes de inteligencia es difícil de ignorar. Fuentes anónimas de la Casa Blanca recientemente sugirieron a los periodistas que Trump está ansioso por deshacerse de Dan Coats, el director de la inteligencia nacional. Al desestimar rápidamente los informes sobre el testimonio de los funcionarios de inteligencia y calificarlos de “noticias falsas”, Trump le mandó un mensaje trascendente a Coats: su empleo no depende de su desempeño, sino de su voluntad de servir al presidente.

Por supuesto, todos los presidentes nombran a sus principales espías y periódicamente hacen cambios al interior de las filas de la comunidad de inteligencia. Por lo general, las cuestiones sobre quién informa al presidente u ofrece consejo sobre acciones encubiertas riesgosas reciben la mayor atención pública. Pero, históricamente, los intangibles que dan forma a esas relaciones –sobre todo las opiniones personas del presidente sobre la inteligencia- han tenido el efecto más drástico en cómo se utiliza la inteligencia.

Por ejemplo, Ricard Nixon consideraba que los principales funcionarios de la CIA eran enemigos, y así fue como no le rindió cuentas a la agencia sobre sus planes estratégicos. De la misma manera, cuando los analistas de inteligencia elevaron su estimación de la fuerza militar de Corea del Norte, Jimmy Carter sospechó que estaban complotando para hacer descarrilar su promesa de campaña de hacer regresar a una división del ejército de Estados Unidos de Corea del Sur. Y a Bill Clinton, por su parte, los espías y sus actividades no le interesaban en lo más mínimo. Después de que un avión pequeño se estrelló cerca de la Casa Blanca en 1994, muchos bromeaban con que era un intento de parte de director de la CIA de llegar a la puerta del presidente.  

Pero Trump ha ido más allá en sus ataques públicos a las agencias de inteligencia de Estados Unidos. El problema tal vez comenzó cuando esas agencias unánimemente concluyeron que Rusia había montado una guerra informática y política para colocar a Trump en la Casa Blanca. Y las agencias de inteligencia por cierto no se hicieron ningún favor contradiciendo repetidas veces los pronunciamientos sobre la marcha de Trump en torno a Irán, Corea del Norte, el Estado Islámico (EI) y otras amenazas.

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Sin embargo, aun dejando esas instancias de lado, Trump llegó a la presidencia con una ignorancia profunda y constante de la política de seguridad nacional y del papel que juega en ella la inteligencia, lo que significa que la solución para los jefes de los espías de Estados Unidos no va a mejorar. Consideremos a los analistas que son responsables de evaluar los acontecimientos en Corea del Norte. Al igual que sus colegas que monitorean otras amenazas, no están allí para criticar la política estadounidense o decirles qué hacer a los responsables políticos. Su papel es considerar la inteligencia a partir de todas las fuentes disponibles y luego avaluar los posibles efectos de una potencial acción de Estados Unidos en un amplio rango de áreas estratégicas.

Pero Trump no ha estado contento con los últimos hallazgos de los analistas de inteligencia de Estados Unidos. La amenaza reciente de Corea del Norte de reanudar las pruebas de misiles parecería reforzar el criterio de que el líder del país, Kim Jong-un, no tiene ninguna intención de renunciar a su arsenal nuclear. Sin embargo, la respuesta a esa noticia del secretario de Estado, Mike Pompeo, una veleta confiable para Trump, fue desestimar la propia declaración oficial de Corea del Norte y reafirmar la fe de la administración en Kim.

Quienes informan a Trump sobre la inteligencia real deberían considerarse advertidos de no esperar elogios por hacer su trabajo. Después de todo, las evaluaciones de la amenaza de Corea del Norte sin duda seguirán provocando la ira de Trump. La reciente cumbre de Trump con Kim en Hanoi fue un fracaso, y el esfuerzo por desnuclearizar la Península de Corea no ha llegado a ninguna parte. Al mismo tiempo, Kim ha hecho un progreso considerable en cuanto a impulsar su propia posición.

Frente a un debilitamiento del respaldo internacional a las sanciones, China ha empezado a permitir un mayor comercio transfronterizo, ofreciéndole al régimen de Kim un salvavidas económico. Kim también ha logrado asegurar una suspensión de los grandes ejercicios militares de Estados Unidos en la península, generando una división entre Estados Unidos y Corea del Sur. Con o sin un acuerdo nuclear, el propio futuro político del presidente surcoreano, Moon Jae-in, exige que siga adelante con un mayor reacercamiento Norte-Sur, ejerciendo el papel de Cupido en la bromance de Trump y Kim.

Todavía no se puede determinar si Trump esperará sentado un análisis de inteligencia incompatible. En público, Coats y la directora de la CIA, Gina Haspel, insisten en que Trump es un consumidor de inteligencia comprometido e informado. Pero esos argumentos se ven refutados por el hecho de que el propio Trump ha desestimado la necesidad de informes diarios y ha rechazado más de una vez los hechos probados y las opiniones contrarias. Ahora que los informes en persona se han reducido a sólo dos por semana, se dice que quienes los realizan han empezado a aprovechar su capacidad de atención limitada concentrándose más en los negocios y el comercio.

Pero más allá de si Trump quiera o no análisis en profundidad, Coats y los otros jefes de espionaje deben insistir en ellos, asegurándose al mismo tiempo de que las evaluaciones de inteligencia estén reflejadas en la agenda de la Casa Blanca. La visión mundial ensimismada y la antipatía por los oficiales de inteligencia de Trump han alarmado a otros que tienen intereses en la política de seguridad nacional. Como escribió Adam Schiff, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara Baja de Estados Unidos, en una carta dirigida Trump antes de su cumbre reciente con Kim, “Estamos perplejos y preocupados ante la creciente desconexión entre la evaluación de la Comunidad de Inteligencia y las declaraciones de su gobierno sobre las acciones, compromisos e intenciones de Kim Jon Un (sic)”.

Los jefes de inteligencia de Estados Unidos están obligados a informar al presidente sobre los hechos, le guste o no. Menos que eso es una estafa a la gente que se esfuerza por recopilar y evaluar inteligencia. Peor aún, representa una amenaza importante para la seguridad nacional de Estados Unidos.

http://prosyn.org/J83gAtx/es;

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