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¿La ilustración del Presidente Trump?

OXFORD – En las últimas tres semanas ha habido impresionante giro en los papeles de la gobernanza global. Estados Unidos, durante largo tiempo líder mundial en el establecimiento y desarrollo de relaciones de cooperación internacional, ha comenzado a expresar un credo unilateralista, sembrando temor en muchos países del mundo. Y China, por tanto tiempo reticente al multilateralismo, se ha comprometido a sostener la cooperación internacional, e incluso a liderarla.

Desde que en enero asumiera la presidencia de EE.UU., Donald Trump ha procedido a ejecutar verdaderos trabajos de demolición del papel global de Estados Unidos. Ha retirado a los Estados Unidos de la Asociación Transpacífico y replanteado los parámetros de las negociaciones sobre el conflicto palestino-israelí. Con respecto a China, no solo ha amenazado con imponer aranceles, sino que también ha planteado la posibilidad de cuestionar la política de "Una China" que sus predecesores, tanto republicanos como demócratas, han respetado durante décadas.

Trump también ha firmado órdenes ejecutivas para prohibir la entrada a Estados Unidos de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana y construir un muro en la frontera con México, entre otras cosas. Asimismo, su equipo ha redactado órdenes ejecutivas adicionales que reducirán o incluso eliminarán la financiación para organizaciones internacionales y retirarán a los Estados Unidos de tratados multilaterales.

La retórica y la conducta reciente del presidente chino Xi Jinping están en marcado contraste con las de Trump. En el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, el mes pasado, afirmó que el multilateralismo es fundamental para nuestro futuro colectivo. En una declaración aparentemente dirigida a Estados Unidos, continuó: "Debemos honrar las promesas y cumplir con reglas. No debemos seleccionar ni ignorar las reglas como mejor nos parezca". Fue todavía más claro al criticar la perspectiva de abandonar el acuerdo climático de París, como Trump ha amenazado con hacer.

Sin embargo, es demasiado pronto para suponer que la Pax Americana que ha prevalecido durante las últimas décadas esté dando paso a una Pax Sinica. De hecho, ninguna de las partes tiene una posición demasiado clara.

Por el lado estadounidense, los proyectos de órdenes ejecutivas de Trump no son tan draconianos como sugieren sus títulos. Por ejemplo, "Auditoría y reducción del financiamiento de organizaciones internacionales" simplemente propone un comité para revisar la financiación de organizaciones multilaterales

Ese proyecto de orden se dirige, en primer lugar, a las organizaciones que reconozcan plenamente a la Autoridad Palestina o la Organización de Liberación de Palestina. No es nada nuevo: la legislación federal estadounidense ha ordenado por largo tiempo un corte total de fondos estadounidenses a cualquier organismo de las Naciones Unidas en el que Palestina sea miembro de pleno derecho.

El proyecto de orden apunta también al Tribunal Penal Internacional, al que actualmente Estados Unidos no concede fondos, y a las operaciones de mantenimiento de la paz, como las que existen en el sur del Líbano para proteger la frontera norte de Israel, a las que Trump parece dispuesto a ayudar. Por último, pide una evaluación de la ayuda al desarrollo a los países que se oponen a políticas importantes de Estados Unidos, aunque el Departamento de Estado, a través del cual se canaliza esa ayuda, ya maneja estas consideraciones.

Además, todavía hay mucho margen de tiempo para que Trump adopte una mentalidad diferente, como lo hizo el Presidente Ronald Reagan hace 35 años. Reagan ganó la presidencia con promesas de recuperar el poder de los Estados Unidos, que según él había ido declinando abruptamente. En su primera conferencia de prensa como presidente, sorprendió al mundo con su descripción de la Unión Soviética (con la cual se había comenzado un proceso de distensión) como una potencia dispuesta a "cometer cualquier crimen" para ganar una ventaja sobre Estados Unidos. Tras ello rechazó el Tratado de Derecho Internacional del Mar, se opuso a la campaña de conservación energética del Banco Mundial, retiró a los Estados Unidos de la UNESCO y, al igual que Trump, se comprometió a reducir las contribuciones de Estados Unidos a las organizaciones internacionales.

Pero al cabo de un año o dos, Reagan comenzó a reconocer lo mucho que Estados Unidos necesitaba a las instituciones internacionales y moderó sus posiciones. Por ejemplo, tras el comienzo de la crisis de la deuda latinoamericana en 1982, quedó en evidencia la exposición del sistema financiero estadounidense a los bancos extranjeros, al igual que el papel vital que desempeñaron las instituciones financieras internacionales para preservar la estabilidad de ese sistema.

Esta experiencia también da una idea más detallada sobre la posición de China. A medida que crecen los bancos del país (ya cuenta con cuatro de los cinco mayores del mundo), necesitará del Fondo Monetario Internacional para hacer valer sus derechos internacionales. En términos más generales, la economía de China depende de la globalización económica, que requiere reglas y mecanismos de ejecución globales.

Las ambiciones de liderazgo y el énfasis en las reglas de China pueden ser buenas noticias, pero es sensato que otros países mantengan una actitud de cierto escepticismo. No hay duda de que China se ha convertido en un actor importante en todas las regiones del mundo mediante el despliegue de una combinación de comercio, ayuda e inversión, en particular la realización de importantes proyectos de inversión en infraestructura en lugares estratégicos del mundo en desarrollo, como parte de su estrategia “One belt, One road" (Un cinturón, una ruta). Pero nada de esto ha sido un ejercicio de abnegación.

Por supuesto, el liderazgo global de Estados Unidos nunca fue desinteresado tampoco. Pero en gran medida representaba una especie de interés propio ilustrado. Así que la verdadera pregunta puede ser dónde se encuentran tanto China como los Estados Unidos de Trump están en el proceso de ilustración.

La ilustración sin duda puede tomar tiempo, como ocurrió en el caso de Reagan. Por ahora, Trump parece comprometido con su enfoque orientado a la negociación de tratos de Estados Unidos con otros países, incluso socios de larga data y aliados como México y Australia. No se trata de un bilateralismo que implicaría el respeto de tratados existentes, sino literalmente de una diplomacia trato a trato. Y no puede funcionar.

Estados Unidos no es una dictadura y la diplomacia no es una propiedad inmobiliaria. Los acuerdos personales a los que llegue un presidente con un mandato de cuatro u ocho años no pueden salvaguardar los intereses de la democracia. Debe haber continuidad en las presidencias, en que los nuevos gobernantes respeten los tratados firmados por sus predecesores. Pacta sunt servanda.

La máquina de lograr tratos de Trump pronto topará con fuertes limitaciones. Tal vez eso le ilustre, o tal vez se quede atascado. En cualquier caso, por ahora debemos esperar que la mayoría de los países sigan participando en los acuerdos e instituciones internacionales existentes. Pero también deberíamos mantener un sano escepticismo sobre cualquier gran potencia que pretenda utilizar esos acuerdos para su propio beneficio.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen