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El enemigo imaginario de Trump

SHANGHAI – El mes pasado, China conmemoró el 20.º aniversario de la muerte de Deng Xiaoping, el gran arquitecto del programa de reforma y apertura económica que catapultó el país a los más altos niveles de la economía internacional. El aniversario se produjo en un momento en que la apertura económica corre riesgo, porque Estados Unidos está bajo la dirección de un presidente que cree que la forma de hacer a su país “grande otra vez” es aislarlo del mundo.

En particular, el gobierno de Donald Trump está dando señales de un cambio de actitud hacia China, a la que acusa de aprovecharse de los Estados Unidos por medio de políticas comerciales como, por ejemplo, mantener el valor del yuan artificialmente bajo. Cualesquiera sean las medidas concretas que tome Trump, parece claro que en los próximos años la política económica de Estados Unidos hacia China se endurecerá, y no puede descartarse que provoque una guerra comercial. Pero una mirada más atenta a la postura de China en materia de política financiera demuestra que no existe enemistad hacia Estados Unidos.

Hace unos meses, China se enfrentó al desafío urgente de detener la depreciación del yuan y enfriar un mercado inmobiliario sobrecalentado. No era tarea fácil, sobre todo porque el intento de las autoridades chinas de cortar la caída del yuan provocó una veloz merma de las reservas de divisa extranjera.

La situación era tan preocupante que algunos inversores y economistas internacionales sugirieron que el gobierno debía renunciar a controlar los precios de las propiedades para concentrarse en sostener el tipo de cambio, como habían hecho Japón, Rusia y diversas economías del sur de Asia. Consideraban que China no debía dilapidar sus tan arduamente conseguidas reservas.