7

El enemigo imaginario de Trump

SHANGHAI – El mes pasado, China conmemoró el 20.º aniversario de la muerte de Deng Xiaoping, el gran arquitecto del programa de reforma y apertura económica que catapultó el país a los más altos niveles de la economía internacional. El aniversario se produjo en un momento en que la apertura económica corre riesgo, porque Estados Unidos está bajo la dirección de un presidente que cree que la forma de hacer a su país “grande otra vez” es aislarlo del mundo.

En particular, el gobierno de Donald Trump está dando señales de un cambio de actitud hacia China, a la que acusa de aprovecharse de los Estados Unidos por medio de políticas comerciales como, por ejemplo, mantener el valor del yuan artificialmente bajo. Cualesquiera sean las medidas concretas que tome Trump, parece claro que en los próximos años la política económica de Estados Unidos hacia China se endurecerá, y no puede descartarse que provoque una guerra comercial. Pero una mirada más atenta a la postura de China en materia de política financiera demuestra que no existe enemistad hacia Estados Unidos.

Hace unos meses, China se enfrentó al desafío urgente de detener la depreciación del yuan y enfriar un mercado inmobiliario sobrecalentado. No era tarea fácil, sobre todo porque el intento de las autoridades chinas de cortar la caída del yuan provocó una veloz merma de las reservas de divisa extranjera.

La situación era tan preocupante que algunos inversores y economistas internacionales sugirieron que el gobierno debía renunciar a controlar los precios de las propiedades para concentrarse en sostener el tipo de cambio, como habían hecho Japón, Rusia y diversas economías del sur de Asia. Consideraban que China no debía dilapidar sus tan arduamente conseguidas reservas.

Pero tras un desacople parcial del yuan respecto del dólar en agosto de 2015, el Banco Popular de China (BPC) procuró intervenir lo menos posible y, conforme la economía de China desaceleraba a la par que Estados Unidos se recuperaba, el yuan siguió depreciándose.

Algunos observadores se habrán preguntado si al permitir la caída del yuan, el BPC no estaría tratando de mejorar la competitividad de China en previsión de una posible victoria de Trump en la elección estadounidense (algo que en opinión de muchos debilitaría el dólar). Puede que haya sido así, pero en cualquier caso, no hubo una política activa de devaluación del yuan.

Cuando contra todas las expectativas, la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos impulsó una mayor suba del dólar, la presión bajista sobre el yuan se acrecentó. A fines del año pasado, la moneda china se había devaluado un 15% respecto del dólar en comparación con mediados de 2015, y conforme las expectativas de mayor devaluación se intensificaron, cada vez más inversores decidieron sacar su capital de China.

El BPC tuvo que intervenir decididamente para contener la caída del yuan. Para estabilizar las expectativas cambiarias, impuso restricciones más estrictas a la salida de capitales de corto plazo. Al mismo tiempo, profundizó las medidas de desacople ya tomadas (el paso de un sistema con una paridad central fija a un paquete cambiario basado en el mercado) mediante el agregado de once monedas a la canasta de referencia del yuan. Eso calmó la tormenta cambiaria en China y estableció un rango de flotación bidireccional entre el dólar y el yuan, un importante paso hacia un régimen de cambio flexible.

El BPC adoptó estas medidas antes del inicio del mandato de Trump en enero. Dadas las acusaciones de manipulación cambiaria lanzadas por Trump a China, el momento elegido fue apropiado, a pesar del hecho de que la intervención del BPC apuntó a fortalecer, no debilitar, el yuan. Pero no faltará quien critique el mantenimiento de restricciones a los egresos de capitales de corto plazo, aunque dichas críticas tampoco tendrán fundamento.

La regulación china de los flujos de capitales transfronterizos siempre fue tema discutido. Hace unos años, la mayoría de los economistas recomendaba a China liberalizar la cuenta de capital y así eliminar una barrera institucional clave contra la conversión de Shanghai en un centro financiero internacional, y del yuan en moneda de reserva mundial.

Pero según prestigiosos economistas como Justin Yifu Lin y Yu Yongding, la liberalización total de la cuenta de capital china supondría un gran riesgo para el país. Estos autores también señalan que la tesis de que el desarrollo económico continuo demanda libre movimiento de capitales a través de las fronteras cuenta con poca evidencia que la respalde.

La experiencia reciente demuestra que las cuotas ajustables que aplica China a inversores institucionales extranjeros y locales calificados para gestionar los flujos transfronterizos de capitales a corto plazo siguen siendo una táctica valiosa para proteger el tipo de cambio y las reservas. Siendo un país con un importante volumen de ahorro y un mercado financiero subdesarrollado, China sabe que debe tomar recaudos.

Es verdad que cuando la situación económica de China lo demandó, las autoridades redujeron las restricciones al flujo de capitales. Hace unos veinte años, comenzaron a permitir (e incluso alentar) la liberalización de la cuenta corriente, a fin de atraer el ingreso de inversión extranjera directa para su sector fabril e impulsar las exportaciones y el crecimiento económico. Pero sólo a partir de 2008, en un intento de contrarrestar la presión alcista sobre el yuan provocada por el excesivo ingreso de capitales, el gobierno permitió a las empresas locales invertir en el extranjero, aunque sólo en determinadas circunstancias.

Del mismo modo, en 2013 China estableció una zona piloto de libre comercio en Shanghai, para explorar formas de facilitar el flujo de capitales a corto plazo y aplacar las demandas de liberalización financiera de Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional. Pero para mitigar posibles riesgos financieros, China siguió desarrollando su marco regulatorio para la convertibilidad de la cuenta de capital.

También lanzó en 2013 la iniciativa “un cinturón, una ruta”, un vasto emprendimiento que establecerá la estructura física e institucional para un estrechamiento de las relaciones comerciales y financieras con los países de la región de Asia‑Pacífico y el mundo, lo que acelerará la internacionalización del yuan. En ese momento, el gobierno alentó decididamente a las empresas chinas a invertir y adquirir empresas en el extranjero, para darle un canal de salida (algo así como el Plan Marshall estadounidense para la reconstrucción de la Europa de posguerra) al exceso de capital y de capacidad productiva surgido después de la crisis financiera internacional de 2008.

Deng solía decir a los funcionarios chinos que cuando uno se enfrenta con desafíos nuevos, hay que “mantener la calma, afirmarse y responder”. Es lo que China viene haciendo hasta ahora: implementar una liberalización financiera prudente, según sus necesidades y lógica propias. Diga lo que diga Trump, eso no la convierte en enemigo de Estados Unidos.

Traducción: Esteban Flamini