4

Preparar a Asia para Trump

CANBERRA – Independientemente de que el Presidente electo de EE.UU., Donald Trump, se comporte mejor una vez esté en el cargo que como lo hizo en la campaña, la autoridad global de su país ya se ha visto afectada, y no en menor medida entre sus aliados y socios en Asia.

No será fácil para Trump ejercer el poder blando (liderar con el ejemplo democrático y moral), considerando su desprecio por la verdad, la argumentación racional, la decencia humana básica y las diferencias raciales, religiosas y de género, por no mencionar el hecho de que en realidad la mayoría de los votantes no lo eligió. Y si se trata de ejercer el poder duro (hacer lo que sea necesario para enfrentar los retos graves a la paz y la seguridad), poco se podrá confiar en su criterio, puesto que casi cada una de sus declaraciones de campaña era tremendamente contradictoria o bien directamente alarmante.

Chicago Pollution

Climate Change in the Trumpocene Age

Bo Lidegaard argues that the US president-elect’s ability to derail global progress toward a green economy is more limited than many believe.

Para mantener la seguridad, la estabilidad y la prosperidad en Asia se necesita un ambiente de colaboración en que los países aseguren sus intereses nacionales mediante asociaciones (no rivalidades) y comercien libremente entre sí. Lo único que permite confiar en Trump en este frente es que puede que en realidad no haga lo que dijo que iba a hacer, como iniciar una guerra comercial con China, abandonar los compromisos de sus alianzas y apoyar las armas nucleares en Japón y Corea del Sur.

Con conocimientos escasos o nulos sobre asuntos internacionales, Trump confía en sus muy dispersos instintos. Combina la retórica aislacionista del “Estados Unidos primero” con la enérgica oratoria del “volver a hacer grande a EE.UU.” Puede que plantear extremos imposibles funcione en las negociaciones inmobiliarias, pero no es una base sólida para hacer política exterior.

Se puede poner rienda a los peligrosos instintos de Trump si es capaz de rodearse de un equipo experimentado y sofisticado de asesores en política exterior. Pero habrá que ver si eso ocurre, y la Constitución de EE.UU. le otorga un extraordinario poder personal como Comandante en Jefe, si opta por ejercerlo.

El liderazgo estadounidense en Asia es una espada de dos filos. Las ruidosas declaraciones sobre la continuidad de su primacía son contraproducentes. Es necesario reconocer la legítima demanda de China de ser aceptada como un cohacedor de reglas y no solo un país que las deba seguir. Pero incluso si China se extralimita, como lo ha hecho con sus pretensiones territoriales en el Mar del Sur de China, no hay necesidad de contraatacar. En ese frente es necesario y bienvenido un papel tranquilo pero firme por parte de Estados Unidos.

Poco después de que el ex Presidente Bill Clinton dejara el cargo, le escuché decir en privado (aunque nunca en público) que Estados Unidos podía escoger usar su “gran e inigualable poder económico y militar para intentar mantenerse a perpetuidad a la cabeza del mundo”. Sin embargo, una mejor opción sería “tratar de crear un mundo en el que nos sintamos cómodos cuando ya no estemos a la cabeza”. Ese tipo de palabras parece ser anatema para cualquiera que tenga un alto cargo en Estados Unidos, al menos públicamente. Pero es lo que Asia quiere escuchar.

Para Australia y otros aliados y socios de EE.UU. en la región, esta elección presidencial deja en claro que ya no podemos esperar (suponiendo que alguna vez pudimos) dar por sentado que Estados Unidos lidere de manera coherente y sensata. Tenemos que hacerlo nosotros mismos y colaborar más, dependiendo menos de EE.UU.

Probablemente Trump sienta mayor simpatía instintiva por Australia que por muchos otros de los aliados de Estados Unidos. Se percibe que nos hacemos cargo de nuestra parte de la alianza, y no en menor medida por haber luchado junto a ellos en cada una de sus guerras en el exterior (para mejor o peor) en los últimos cien años. Y, como cohabitantes del mundo anglosajón, estamos en la zona de comodidad de Trump. Pero Australia no se sentirá nada de cómoda si la dinámica regional general pierde el rumbo.

Para ahora deberíamos haber aprendido ya que Estados Unidos, bajo administraciones con mucho mayor credibilidad inicial que la de Trump, es perfectamente capaz de cometer terribles errores, como las guerras de Vietnam e Irak. Tenemos que prepararnos para desatinos tan grandes o peores que los del pasado. Tendremos que juzgar por nosotros mismos cómo reaccionar a los acontecimientos, basándonos en nuestros propios intereses nacionales.

Esto no quiere decir que Australia deba abandonar su alianza con EE.UU., sino que tendremos que ser más escépticos de las políticas y medidas estadounidenses que en las últimas décadas. Australia debe hacerse más deliberadamente independiente y dar una prioridad mucho mayor a desarrollar vínculos comerciales y de seguridad más estrechos con Japón, Corea del Sur, India y, especialmente, Indonesia, nuestro inmenso vecino.

Nadie debería ceder si China se extralimita y Australia debe colaborar más que nunca con nuestros vecinos asiáticos para asegurarnos de que no lo haga. Pero también hemos de reconocer la legitimidad de las aspiraciones de nueva gran potencia de China y abordarla de manera no confrontacional. Todos nos beneficiaremos de un marco de seguridad regional basado en el respeto y la reciprocidad mutuos, no en menor medida al enfrentar amenazas regionales como las provocaciones nucleares de Corea del Norte.

Fake news or real views Learn More

Solo podemos esperar que Trump despeje nuestros peores temores cuando se desempeñe en el cargo. Pero, mientras tanto, las autoridades australianas y de otros países de la región deberíamos seguir un sencillo mantra: más depender de nosotros mismos. Más Asia. Menos Estados Unidos.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen