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¿Quién es el presidente Trump?

CAMBRIDGE – La asombrosa victoria electoral de Donald Trump ha empujado a Estados Unidos -y al mundo- a un territorio inexplorado. Estados Unidos nunca antes ha tenido un presidente sin ninguna experiencia política o militar, ni tampoco un presidente que constantemente eluda la verdad, abrace teorías conspirativas y se contradiga a sí mismo. Todo esto hace casi imposible saber cómo gobernará.

Pero la inminente presidencia de Trump sí tiene un precedente: la de George W. Bush. Se destacan algunos paralelismos. Para empezar, al igual que Bush, Trump no ganó el voto popular, pero de todos modos puede suponer que tiene un mandato para un cambio radical. Y la dirección de ese cambio puede producir resultados que no les gustan ni a sus seguidores. 

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Entre las promesas de política económica de Trump, sus propuestas fiscales muy probablemente sean llevadas a la práctica: grandes recortes impositivos para los ricos y un mayor gasto en defensa y otras áreas. El resultado posiblemente sea el mismo que cuando Bush implementó políticas similares: la desigualdad de ingresos se ampliará y los déficits presupuestarios crecerán.

Es más, la racha alcista de siete años que registró el mercado bursátil puede terminar. Y es muy factible que Trump, que atacó la política monetaria relajada de la Reserva Federal de Estados Unidos, rápidamente revierta esa postura y presione a la Fed para que no aumente las tasas de interés.

Es probable que Trump no pueda cumplir con su promesa de aumentar el porcentaje de las exportaciones en la economía de Estados Unidos. Y, por cierto, no podrá recuperar los empleos industriales que Estados Unidos, al igual que todos los países industrializados, ha perdido en las últimas décadas. La desigualdad de ingresos probablemente empiece a ampliarse otra vez, a pesar de las mejoras asombrosas en los ingresos medianos de las familias y en la tasa de pobreza el año pasado.

Una recesión en algún momento durante la presidencia de Trump es probable, a juzgar por los notables antecedentes históricos de los presidentes republicanos. Dos recesiones comenzaron durante la administración de Bush; de hecho, la mayoría de las recesiones desde la Gran Depresión se iniciaron durante gobiernos republicanos.  

La presidencia de Trump es más preocupante en el frente de la política exterior, donde aguardan muchos potenciales desastres. Tenemos razón de temer que errores de cálculo conduzcan a tragedias, como cuando Bush respondió con torpeza al atentado terrorista del 11 de septiembre de 2011, no logró capturar a Osama bin Laden e invadió Irak.

El papel de Estados Unidos como líder global sin duda se verá afectado, al igual que el "poder blando" que anteriormente obtuvo de ser un modelo de democracia liberal para que otros emularan. Mientras tanto, la ignorancia de Trump probablemente envalentone a los adversarios norteamericanos tradicionales, como Rusia, Siria y Corea del Norte.

Los republicanos mantuvieron el control tanto del Senado como de la Cámara de Representantes, de modo que Trump podrá cumplir con sus promesas de dar marcha atrás con los mayores logros legislativos de Obama, empezando por la Ley de Atención Médica Asequible (Obamacare). Pero ésta será una prueba interesante. ¿Cómo manejará Trump la reacción violenta cuando la gente empiece a perder su seguro médico?

Trump y los republicanos en el Congreso también intentarán dar marcha atrás con las regulaciones financieras de la Ley Dodd-Frank que se implementaron después de la crisis financiera de 2008, dándoles así a los bancos y a otras instituciones financieras mayor libertad de acción. Y, más allá de Wall Street, intentarán cercenar las regulaciones antimonopolio y ambientales, especialmente las que limitan las emisiones de gases de tipo invernadero.

Finalmente, Trump nombrará a jueces conservadores para la Corte Suprema, que tiene una vacante desde que el juez Antonin Scalia murió en febrero.

Sin embargo, deberíamos agradecer, al menos, que probablemente las propuestas de campaña más indignantes de Trump nunca sean llevadas a la práctica. No construirá un nuevo muro "grande y hermoso" a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos -y México, con certeza, no lo pagaría si lo construyera-. De la misma manera, no prohibirá el ingreso de inmigrantes musulmanes, porque si lo hiciera estaría violando principios norteamericanos de base y su decisión sería derogada inclusive por una Corte Suprema de derecha.

También es poco probable que Trump cumpla con su propuesta de deportar entre 6 y 11 millones de inmigrantes indocumentados. Pero probablemente ponga fin al programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia del presidente Barack Obama, que otorgó permisos de trabajo temporarios a muchos "Soñadores" (jóvenes sin estatus legal que crecieron en Estados Unidos).

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De la misma manera, Trump tal vez no destruya el Tratado de Libre Comercio de América del Norte o aumente los aranceles de manera drástica. Tampoco acabará con la OTAN, otras alianzas importantes o la Convención de Ginebra (que autoriza al ejército y a la CIA a apelar a la tortura). Si bien Trump pareció sugerir durante su campaña que haría todas estas cosas, inevitablemente se verá confrontado a las consecuencias de amplio alcance de decisiones que destruirían el orden global.

Estados Unidos está a punto de experimentar una vida bajo un gobierno plenamente republicano encabezado por un magnate populista inexperto y volátil. Esperemos que los votantes exijan que la administración Trump y sus facilitadores parlamentarios asuman la responsabilidad de los reveses que sufran los norteamericanos.