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Tregua y verdad en Venezuela

El presidente Hugo Chávez se vio forzado a salir del poder no por las protestas de la oposición sino por sus propios errores. Dos días después, regresó al poder debido a los errores de sus oponentes.

Para poder franquear el atolladero que existe hoy en día, es necesario entender las posiciones de los actores. Hacia fines del 2001, había una oposición creciente pero dispersa que creía que el presidente Chávez debía marcharse, aunque no se ponían de acuerdo sobre la forma en que esto debía suceder. Sus quejas eran muchas: la ley sobre reforma agraria, la política petrolera, la corrupción, la politización y militarización del sector público, la falta de respeto hacia los sindicatos y otras instituciones, el apoyo a las guerrillas en Colombia y a Fidel Castro, el armar a militantes, la hostilidad hacia los EU y las amenazas a la libertad de expresión. Aunque las acusaciones eran graves, la oposición carecía de evidencias para descalificar con claridad al presidente Chávez, sobre todo a ojos de los gobiernos extranjeros.

El presidente Chávez despreciaba las letanías de la oposición. Su legitimidad se basaba en elecciones libres y en su proyecto de justicia económica y social. Predijo que habría resistencia de aquéllos cuyos privilegios habrían de desaparecer. Buscarían bloquearlo, sobre todo a través del control de los medios. El respetaría su derecho a decir lo que quisieran pero no se limitaría para contrarrestar sus "mentiras". Utilizaba sus apariciones en la televisión para condenar a sus enemigos y movilizar a los ciudadanos, sobre todo a los pobres, para que apoyaran su revolución. Sembró conflictos.

La marea cambió en favor de la oposición y facilitó la coordinación entre sus diversos componentes, incluyendo políticos, líderes empresariales, organizaciones de la sociedad civil, militares en activo y retirados, intelectuales, sindicatos e incluso miembros de grupos religiosos. En diciembre pasado, una huelga nacional exitosa convenció a muchos de que el presidente ya no gozaba de una mayoría entre los electores. Chávez respondió con intransigencia, pensando aparentemente que su estancia en el poder dependía de su capacidad de convocar a grandes multitudes.