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La deriva de las relaciones trasatlánticas

BERLÍN – En las riberas del Rin y en Praga, la OTAN y la Unión Europea rendirán homenaje al nuevo Presidente estadounidense a principios de abril. Habrá hermosas fotografías y pomposos discursos acerca del futuro de la relación trasatlántica; en otras palabras, lo de siempre.

Sin embargo, antes de las cumbres de Estrasburgo y Praga, las relaciones trasatlánticas se verán sometidas a prueba en la cumbre del G-20 en Londres. La elección de Barack Obama iba a mejorarlo todo, o al menos eso es lo que se esperaba. Se suponía que la deriva en las relaciones trasatlánticas ocurrida durante los ocho años de la presidencia de George Bush se iba a detener, y hasta revertir. Esas esperanzas se están diluyendo a medida que la crisis económica global pone de relieve las diferencias entre Estados Unidos y Europa.

Por supuesto, al término de la cumbre de Londres los líderes reunidos acordarán una declaración conjunta, porque nadie puede darse el lujo de que fracase. Pero persistirán las diferencias. Estados Unidos desea solucionar la crisis global proporcionando una cantidad de ayuda financiera sustancialmente mayor. Europa se niega a comprometerse a eso, prefiriendo hacer hincapié en la reforma financiera. Al final, se llegará a una fórmula protocolar intermedia para incluir ambas posturas en la declaración.

Entonces los medios de comunicación elogiarán la “valentía” y la “asertividad” de sus respectivos gobiernos, y calificará el resultado como una “estrecha victoria”. No obstante, lo que quedará de lado es una respuesta global y contundente a la crisis más grave desde 1929. Para esa batalla no hay liderazgo a la vista.