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Guerras comerciales en un mundo donde el ganador se lleva todo

BRUSELAS – Debido a los nuevos aranceles comerciales del presidente Donald Trump, Estados Unidos se ha transformado y ha pasado de ser el principal promotor y paladín del sistema multilateral de comercio global a su némesis. Sin embargo, sería muy difícil para un político errático revertir repentinamente estructuras y mecanismos establecidos desde hace tiempo, de no ser por la presencia de un desplazamiento económico más fundamental.

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La primera manifestación formal de las tensiones comerciales actuales se produjo en el sector siderúrgico – un sector que por excelencia es parte de “la vieja economía”, y es uno que está plagado, especialmente en China, por un enorme exceso de capacidad.

El exceso de capacidad es un fenómeno recurrente en el sector siderúrgico, y es uno que siempre produjo fricciones. En el año 2002, el Gobierno del presidente George W. Bush impuso aranceles altos a las importaciones de acero, pero dio su brazo a torcer cuando un panel de resolución de disputas de la Organización Mundial del Comercio falló en contra de Estados Unidos. Si bien las aves de rapiña del comercio del Gobierno de Trump recuerdan este fallo como una pérdida, la mayoría de los economistas coinciden en que, en última instancia, dicho fallo fue bueno para la economía de Estados Unidos, misma que no gana cuando grava un insumo importante para muchos otros sectores.

De todas formas, los aranceles de hoy difieren de los de Bush en una manera crucial: apuntan específicamente a China. Bajo la sección 301 de la Ley de Comercio de Estados Unidos de 1974 – ley que faculta al presidente a actuar si la industria estadounidense ha sido dañada por acciones injustificadas de un gobierno extranjero – Trump ha impuesto aranceles altísimos a las importaciones provenientes de China, mismos que alcanzan un valor de 50 mil millones de dólares. Y, China ya ha respondido a dicho golpe, haciendo la presentación de aranceles altísimos a las importaciones de 128 productos de fabricación estadounidense.

Entonces, ¿por qué Trump se arriesga a una guerra comercial? La principal queja de su gobierno es que China exige a las empresas extranjeras que revelen su propiedad intelectual (PI) como condición para acceder al mercado interno. Y, es cierto que este requisito puede causar daños graves a las empresas de tecnología de Estados Unidos – siempre y cuando esas empresas sean dominantes en sus sectores.

Para un participante importante en las redes sociales o los motores de búsqueda, por ejemplo, el costo de ingresar a un nuevo mercado es esencialmente cero. Dado que el software existente puede servir fácilmente a muchos millones de usuarios más, sólo necesita traducir su interfaz al idioma local, lo que significa que ingresar a un nuevo mercado representa, de manera general, mayores ganancias. Pero si dichas empresas se ven obligadas a revelar su propiedad intelectual (PI), sus modelos de negocio se destruyen, debido a que los participantes locales pueden competir de manera efectiva en ese mercado – y potencialmente en otros.

Esta no es la situación en el caso de las empresas que operan en industrias competitivas. Para ellas, producir y vender más en el extranjero cuesta mucho más, limitando las ganancias marginales que se pueden cosechar. En otras palabras, en la economía más competitiva y “más antigua”, las ganancias provenientes de abrir nuevos mercados son mucho menores. Esa es la razón por la cual el cabildeo por parte de los exportadores potenciales a favor de obtener mejores accesos a mercados con aranceles altos, por lo general, se ha silenciado – lo que explica la falta de resistencia al proteccionismo de la India.

Esto está cambiando en la nueva economía de la tecnología en la cual “el ganador se lleva todo”: los conflictos se agudizan debido a que los dueños de PI pierden la oportunidad de hacerse de enormes ganancias cuando se protege o se cierra un gran mercado como el de China. Entre tanto, la política comercial se centra principalmente en redistribuir las rentas, y el empleo y los intereses del consumidor se ven como secundarios. (En condiciones de competencia, los encargados de formular políticas otorgan una mayor prioridad a la maximización del potencial del comercio con el propósito de impulsar la productividad y crear empleo de alta calidad).

Las rentas que proceden de un monopolio se traducen en altas valoraciones de mercado. Y, de hecho, los gigantes de la nueva economía tienen un valor bursátil mucho más alto que sus equivalentes de la “vieja economía”. Las tres empresas tecnológicas más grandes de Estados Unidos valen una cifra superior a 50 veces más que la suma del valor de los tres productores más grandes de acero del mismo país.

La inminente guerra comercial promete ser asimétrica. Estados Unidos – hogar de todas las firmas tecnológicas dominantes – tendrá que esforzarse arduamente para encontrar aliados contra China. Al fin y al cabo, en Europa y Japón, las empresas propietarias de PI operan principalmente en sectores más competitivos, lo que significa que la demanda de dicha PI tendrá menos impacto.

Lo que hace que el apoyo europeo sea aún más difícil de obtener es que algunos gobiernos europeos están ansiosos por garantizar su propia participación de las rentas de las empresas estadounidenses. Este es el objetivo final de los esfuerzos europeos a favor de elevar los impuestos a las ganancias de las multinacionales digitales, a pesar de que es poco probable que dicho impuesto funcione como se espera.

Los partidarios de dicho impuesto argumentan que las ganancias deben gravarse donde se obtienen, con el argumento implícito de que se obtienen en el lugar donde se encuentran los consumidores. Pero este es un criterio arbitrario. Las empresas estadounidenses pueden afirmar legítimamente que sus ganancias “europeas” no son más que un rendimiento de su propiedad intelectual, que puede ser formalmente localizada en cualquier lugar, preferiblemente en una jurisdicción de bajos impuestos. Por lo tanto, es poco probable que un impuesto europeo a estas empresas genere ingresos sustanciales.

Puede que en la vieja economía competitiva las guerras comerciales hubiesen sido fáciles de ganar para un país con un gran déficit comercial. Pero en la emergente economía, en la que el ganador se lleva todo, una guerra comercial puesta en marcha con el objetivo de forzar al resto del mundo a abrirse, permitiendo en consecuencia que las propias empresas ganadoras del agresor ganen rentas más altas, es una propuesta completamente diferente.

Por lo tanto, el gobierno de Estados Unidos esencialmente está organizando sus armas diplomáticas detrás de sus gigantes de Internet, mientras que Europa y China aúllan lamentándose por la posible  pérdida de sus ganancias monopólicas. Esto es más destructivo que un juego de suma cero: dañará gravemente al sistema de comercio global, dejando a todos en peor situación.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

http://prosyn.org/zsbyspz/es;

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