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La tortura y la política de la ambigüedad

Cada nueva revelación de abusos físicos, malos tratos y humillación sexual en contra de los prisioneros iraquíes por parte de los soldados estadounidenses y británicos escandaliza a la opinión pública internacional, mientras los funcionarios tratan desesperadamente de limitar los daños. El Secretario de la Defensa de los EU, Donald Rumsfeld, ha advertido que tiene en su poder más evidencias documentales de mala conducta en la prisión de Abu Ghraib, evidentemente con la esperanza de que las atrocidades terminen ya.

Yo fui interrogador para la inteligencia militar de los EU y estoy seguro de que las imágenes de Abu Ghraib son apenas el principio. La crueldad gratuita que se ha dado ahí es síntoma claro de una falla sistémica.

Pero, ¿cuál sistema falló? ¿Se trató de una falla en la disciplina y el entrenamiento -resultado de enviar a reservistas ingenuos y sin experiencia a lidiar con malas condiciones, de ampliar sus periodos de estancia y de dejarlos sin personal suficiente para enfrentarse a un flujo creciente de insurgentes capturados? ¿O acaso el patrón de abusos se dio como consecuencia de las repetidas órdenes de los superiores de "suavizar" a los prisioneros para los interrogatorios? La respuesta probablemente sea ambas y ninguna.

A fin de cuentas, lo que da origen a abusos como los que ocurrieron en Abu Ghraib es una política de ambigüedad deliberada en lo que se refiere al manejo de los detenidos. La presión en un ambiente bélico para obtener información que podría salvar vidas es inmensa. Pero es igual de entendible que los funcionarios políticos y los oficiales militares de alto nivel -sobre todo en las democracias-prefieran evitar que se les asocie con la tortura. Así, la ambigüedad es una estrategia política que fomenta la propagación de reglas de conducta implícitas e informales y con ello transfiere la rendición de cuentas a los soldados de menor rango, menos poderosos y más prescindibles.