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La herencia envenenada de Tony Blair

Tony Blair tiene muchos elementos para afirmar que es uno de los políticos británicos más exitosos de cualquier generación reciente, al menos en lo que se refiere a la política económica y social interna. Pero la historia lo recordará principalmente por el error estratégico que cometió al entrar a la guerra en Iraq.

Durante sus diez años en el poder, Blair y su Ministro de Hacienda, Gordon Brown, le dieron al Reino Unido uno de los períodos más largos de estabilidad económica, crecimiento relativamente alto y desempleo relativamente bajo que ha tenido. En este sentido, la administración de Blair significó un rompimiento fundamental con la tradición de impuestos y gasto del Partido Laborista. También estableció una nueva tradición de estabilidad en la política económica que dio continuidad al compromiso del gobierno conservador previo con la disciplina fiscal y la baja inflación y lo reforzó. A su vez, la política económica estable y el crecimiento acelerado permitieron a Blair dedicar más recursos a la educación y al servicio nacional de salud.

No obstante, el legado de Blair es un sentimiento de desilusión y desconfianza, sobre todo hacia Blair mismo. Una de las razones es que una parte importante de su partido (al que rebautizó como “Nuevo Laborismo”) nunca se reconcilió con la importancia que Blair le concedió a los principios del libre mercado por encima de los viejos valores socialistas o socialdemócratas. Otra es que Blair consistentemente parecía ponerle mucho menos atención al Parlamento que a la prensa sensacionalista de derecha: la manipulación de los medios a la que su oficina dedicó tanto esfuerzo hizo maravillas al principio, pero pronto generó profundo escepticismo y desconfianza.

Pero la principal razón de la desilusión popular del Reino Unido con Blair se reduce a su papel en la guerra de Iraq, que se emprendió con el fin aparente de evitar que este país utilizara armas de destrucción masiva. Por supuesto, como ahora sabemos, nunca se encontraron las armas de destrucción masiva y, peor aún, han surgido evidencias de que Blair sabía que la administración Bush estaba decidida a cambiar al régimen independientemente de que existieran o no. El tristemente célebre memorándum de Downing Street del 23 de julio de 2002, ocho meses antes de que estallara la guerra, decía explícitamente que “La inteligencia y los hechos se estaban ajustando a la política”.