0

El largo adiós de Tony Blair

A comienzos de 1999, Paddy Ashdown, entonces dirigente del Partido Democrático Liberal de Gran Bretaña (y más adelante, como Lord Ashdown, enviado especial de Europa para Bosnia), fue descubierto con una mujer que no era su esposa y se vio obligado a dimitir de su cargo. En sus diarios, describe la conversación telefónica que tuvo con Tony Blair para informarlo por adelantado de su intención de dimitir:

«Blair dijo: "Marcharse es lo más difícil en política. Demasiadas personas permanecen demasiado tiempo. Yo preferiría dejarlo cuando la gente diga: '¿Por qué se va?', y no cuando diga: '¿Por qué no se va?', o, lo que es peor aún: '¿Cuándo se va?' Espero poder hacerlo del mismo modo"».

Nos encontramos ante un misterio duradero. Evidentemente, el político más experto y hábil de Gran Bretaña ha sabido durante años exactamente lo que no debía hacer para preparar su marcha y, sin embargo, ha optado por desoír su propio consejo.

El misterio aumenta cuando recordamos que esa consideración ha formado parte de los cálculos de Blair desde que pasó a ser el dirigente del Partido Laborista en 1994. En una cena en un restaurante de Londres llamado Granita, en la que después llegó a ser la charla de sobremesa más conocida de la historia británica, Blair hizo una propuesta a Gordon Brown, su rival en el partido. Constaba de dos partes. Él, Blair, tenía manifiestamente más probabilidades de resultar elegido y debía dirigir el Partido Laborista para deponer el destartalado régimen tory de John Mayor. Después, con el laborismo en el poder, Brown podía esperar en su momento recibir la batuta. Con esa condición, Brown accedió a ceder el paso a Blair.