La educación es una cuestión de seguridad

LONDRES – En noviembre, hablé ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por primera vez en trece años. Me llamó la atención la diferencia de estado de ánimo que ahora impera en él. En septiembre de 2000, el mundo parecía muy diferente. Estábamos intentando organizar el nuevo orden de seguridad en el decenio posterior a la caída del Muro de Berlín. Naturalmente, había dificultades, pero la atmósfera no era sombría, era positiva incluso, pues debatíamos sobre la erradicación de la pobreza en el mundo en desarrollo.

Esta vez, el estado de ánimo sí que era sombrío y los primeros días de 2014 lo han vuelto más sombrío aún. Si repasamos el resumen de noticias de cualquier día, nos encontramos con historias de terrorismo y violencia perpetrados en pro de una concepción falsa de la religión. En unos casos se deben a agentes no estatales y en otros a agentes estatales, pero todo ello se produce en un marco de división y conflicto caracterizado por las diferencias de credo religioso.

Se trata de la nueva lucha del siglo XXI. No la ganaremos, a no ser que erradiquemos sus causas más profundas, además de sus horribles consecuencias.

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