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Problemas Tobin

CAMBRIDGE.– Los líderes europeos están considerando seriamente un impuesto Tobin, que implicaría una pequeña carga sobre las transacciones financieras y, por lo tanto, reduciría esas operaciones. ¿Pero puede lograr el impuesto todo lo que esperan sus impulsores?

La popularidad del impuesto (bautizado en honor al ya fallecido Premio Nobel de economía James Tobin, para quien el objetivo de la tasa era reducir la volatilidad de los tipos de cambio en los mercados de divisas), refleja una amplia animadversión hacia el sector financiero, pero supera por mucho los beneficios reales que generaría. Sin embargo, los funcionarios electos se ven fuertemente atraídos por un impuesto Tobin, ya que podría atemperar las críticas y desviar la atención de problemas fundamentales, pero políticamente paralizantes, vinculados con la política económica –en especial con los presupuestos, la deuda y el lento crecimiento.

Un impuesto Tobin presenta beneficios, aun si no logra solucionar suficientes problemas de los que actualmente afectan a los mercados financieros. Un impuesto a las transacciones de valores fomenta tenencias de más largo plazo. Grava la liquidez, que para muchos es excesiva. Fomenta el análisis fundamental del funcionamiento de las empresas y, según lo que esperan algunos de sus partidarios, impulsaría a las propias empresas a centrarse más en su valor de largo plazo.

Además, un impuesto Tobin desplaza a los operadores financieros –personas talentosas con sólidos hábitos de trabajo– hacia otras actividades, algo que (según esperan los encargados de las políticas) beneficiará más a la economía. Y, si las innovaciones financieras como los derivados y los acuerdos de recompra de corto plazo han aumentado la volatilidad y fragilidad de los mercados, un impuesto Tobin podría ayudar a estabilizarlos y fortalecerlos.