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Tres Iraqs, no uno

Las crecientes dificultades de Estados Unidos para establecer un sistema de gobierno coherente en Iraq, ya no digamos uno democrático, plantean una pregunta que la mayoría de los estadistas consideran impensable: ¿es posible que no haya manera de reconstruir a Iraq como un Estado, y que sea necesario pensar en opciones alternativas, por desagradables que parezcan?

Como tantos problemas en el renacimiento de Estados heridos por las dictaduras (Europa oriental es un buen ejemplo), las dificultades de Iraq tienen profundas raíces históricas. Echar la culpa de todo a la dureza de los estadounidenses es demasiado simplista y superficial, incluso si sus errores, en efecto, han sido innumerables.

Iraq fue establecido en 1920 por los ingleses, quienes ocuparon la región después de que el Imperio Otomano se desintegrara al final de la Primera Guerra Mundial. Su política estuvo dictada por los intereses imperiales británicos, y no tomó en cuenta los deseos, intereses y características de la población local.

Lo que los planificadores imperiales británicos hicieron fue pegar tres provincias desiguales del viejo Imperio Otomano, y pusieron a la cabeza a un príncipe de Hejdaz (que actualmente forma parte de Arabia Saudita). Las tres provincias, Mosul, Bagdad y Basora, tenían caracteres y estructuras de población muy distintos.