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La lección equivocada de Munich

NUEVA YORK Este mes se cumplen setenta años de que el Primer Ministro británico, Neville Chamberlain, firmara en Munich un documento que le permitió a Alemania apropiarse de una gran parte de Checoslovaquia. El llamado “Acuerdo de Munich” se considera una traición abyecta de lo que Chamberlain llamó “un país lejano del que no sabemos mucho”. Pero eso no era lo que muchos pensaban en esa época.

Muchos europeos, que conocían por experiencia personal las terribles consecuencias de la guerra, compartían la opinión de Chamberlain de que Inglaterra no estaba lista para enfrentarse militarmente a la Alemania nazi y que la diplomacia y las concesiones eran opciones más seguras. Sin embargo, Chamberlain ha pasado a la historia como un cobarde y se culpa a sus acciones de “apaciguamiento” de los nazis de la posterior campaña de Hitler para conquistar el resto de Europa.

Chamberlain tal vez se equivocó. Inglaterra y Francia podrían haber frenado a Alemania. El Acuerdo de Munich fue una de las raras ocasiones de la historia de las democracias en las que la diplomacia prudente fue un error. Lo que se necesitaba era un héroe romántico dispuesto a jugarse el destino de su nación luchando “sin importar el costo”, como dijo Winston Churchill.

Una cita célebre de George Santayana dice que “quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla”. Sin embargo, la historia enseña muchas lecciones, algunas de ellas contradictorias, y nunca se repite de la misma forma. En ocasiones, prestar demasiada atención al pasado puede conducirnos por el camino equivocado. Entonces, ¿qué aprendió exactamente el mundo de Munich en 1938?