La política exterior equivocada de Alemania

BERLÍN – La canciller alemana Ángela Merkel suele navegar por la política con la vista –y es una vista muy corta, por cierto. Pero cuando la niebla oscurece la visibilidad y no se es un conductor instintivo (como parece ser el caso) y no encuentra uno sus lentes, no sólo se pone en peligro a sí mismo, sino también a los demás.

Este escenario resume la política exterior de Alemania en Libia. El daño consiguiente para Alemania y su postura internacional es evidente: nunca había estado el país tan aislado. Ha perdido su credibilidad ante las Naciones Unidas y el Medio Oriente; sus posibilidades de ser miembro permanente del Consejo de Seguridad se han esfumado para siempre; y realmente debe temerse lo peor para Europa.

La Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, que autorizó la actual misión para proteger a los libios, contó con la aprobación explícita o tácita de las cinco potencias que tienen derecho de veto. También tuvo el apoyo de la mayoría del Consejo, de la Liga Árabe y de la Organización de la Conferencia Islámica, y en la operación militar participan abiertamente dos Estados árabes.  Entonces, ¿qué más necesitaba el gobierno alemán para respaldar la intervención?

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