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El papel de la ONU en la nueva diplomacia

A medida que la diplomacia internacional se va ocupando de asuntos en los que la ciencia y la tecnología juegan un papel central, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) corre el riesgo de quedar relegada. La influencia y eficacia de los diplomáticos y los funcionarios internacionales civiles dependerá cada vez más de qué tanto sean capaces de utilizar información técnica y científica en su trabajo. Esto no requiere que la ONU obtenga grandes capacidades científicas internas; sin embargo, la organización –especialmente la oficina del secretario general—debe aprender a buscar servicios de consultoría para identificar y utilizar las mejores fuentes de conocimiento disponibles.

Aunque un gran número de agencias, programas y tratados de la ONU dependen del conocimiento científico para sus tareas, no están diseñados para recibir asesoría científica sistemática como elemento clave para su desempeño eficaz. No es de sorprender que en la mayoría de los casos la ciencia se utiliza en la ONU para promover intereses especiales y agendas políticas que no necesariamente buscan las metas de la organización. La ONU fue fundada y creció en importancia durante la Gerra Fría, cuando la agresión externa era el tema central. Hoy lo que importa son asuntos como las enfermedades infecciosas, la degradación del ambiente, los delitos electrónicos, las armas de destrucción masiva y el impacto de las nuevas tecnologías. En el pasado éstas eran preocupaciones de países individuales; ahora han alcanzado estatura internacional. La capacidad de la ONU para ocuparse de estos temas debe crecer también.

La ONU incluye organizaciones que dan servicios a una amplia gama de sectores, pero no a la creciente comunidad de consultores científicos. Incluso las agencias como la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) han hecho poco para dotar a los consultores científicos del mundo de una plataforma. Las agencias especializadas como la UNESCO, la Organización para la Alimentación y la Agricultura, la Organización Mundial de la Salud y la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial se relacionan con la oficina del secretario general de la ONU a través de una jerarquía burocrática que sólo atiende a sus superiores y se deja influenciar por los intereses de los Estados activistas.

Incluso los programas de la ONU que tienen que ver con asuntos relacionados con la ciencia –el medio ambiente, por ejemplo—no han hecho del conocimiento el centro de sus operaciones. No toman en cuenta las implicaciones de largo plazo de los avances científicos para su funcionamiento. Gran parte de la atención de estos programas se dedica al crecimiento territorial, no al papel del conocimiento en la administración global. Son vestigios de la Guerra Fría.