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El problema con Polonia

“Solamente pedimos una cosa, que nos regresen lo que nos quitaron….Si Polonia no hubiera vivido lo que vivió entre 1939 y 1945, sería un país de 66 millones de personas”. Así habló el Primer Ministro polaco Jaroslaw Kaczynski en la víspera de la reciente cumbre de la Unión Europea, cuando buscó obtener mayor peso para su país en las votaciones al interior de la UE invocando el recuerdo de la guerra de Hitler contra Polonia.

Sin embargo, las palabras de Kaczynski contradicen lo que sucedió en Paris el 14 julio de este año. Con motivo del aniversario de la toma de la Bastilla, un pequeño contingente polaco marchó por los Campos Elíseos junto con las fuerzas de otros contingentes nacionales de la UE, incluyendo el alemán, como muestra de unidad europea.

Este contraste resume perfectamente la confusión de la Polonia actual –un país que presume de tener uno de los niveles más altos de aceptación popular de la UE entre todos los países miembros y donde sin embargo la defensa de los intereses “nacionales” se ejerce de la forma más ardiente. Polonia ya no es “el patio de juegos de Dios” para utilizar la famosa frase de Norman Davie. En cambio, parece más un patio de niños: una extraña mezcla de complejos de inferioridad y superioridad. El problema es que la injustificada falta de confianza de Polonia la está conduciendo hacia una forma extremadamente desagradable de intolerancia hacia los demás.

Para entender lo que salió mal en Polonia podría resultar útil hacer una comparación con España. En el siglo XIX, los extremos meridional y oriental de Europa estaban unidos por una decadencia común. Polonia había dejado de ser una nación independiente, víctima de la codicia de sus vecinos poderosos; España era un país que ya no importaba. Esta decadencia doble era objeto de debates frecuentes por parte de los historiadores de todo el continente. Generalmente subrayaban el fracaso de ambos países para ajustar sus sistemas políticos a los requerimientos de los tiempos.