El triunfo de los impotentes

NUEVA YORK – Era principios de junio de 1989. Václav Havel había salido de la cárcel apenas unos días antes y, sin embargo, rebosaba de lo que ahora parece casi una certeza profética. Miles de sus compatriotas habían escrito cartas pidiendo su liberación en un momento en que mostrar solidaridad con el disidente más famoso de Checoslovaquia era un acto claro y peligroso de desobediencia civil.

“Nosotros los checoslovacos finalmente estamos encontrando nuestro arrojo”, dijo, como si percibiera la nueva disposición de su pueblo a confrontar a los guardianes de su Estado policiaco comunista. “Tarde o temprano, cometerán un error, tal vez golpeando a alguien. Entonces 40,000 personas llenarán la Plaza de Wenceslao.”

Cuatro meses después, en la semana siguiente a la caída del Muro de Berlín gracias al poder del pueblo, la revolución llegó a Praga. Los estudiantes organizaron un mitin en el cementerio de Vyšehrad, donde se encuentran lastumbas de Smetana y Dvořák, en una fortaleza que domina la ciudad. Mientras marchaban hacia la Plaza de Wenceslao con velas en las manos, la policía antidisturbios los interceptó y muchas personas –hombres, mujeres, niños- fueron brutalmente golpeadas.

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