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El triunfo de los impotentes

NUEVA YORK – Era principios de junio de 1989. Václav Havel había salido de la cárcel apenas unos días antes y, sin embargo, rebosaba de lo que ahora parece casi una certeza profética. Miles de sus compatriotas habían escrito cartas pidiendo su liberación en un momento en que mostrar solidaridad con el disidente más famoso de Checoslovaquia era un acto claro y peligroso de desobediencia civil.

“Nosotros los checoslovacos finalmente estamos encontrando nuestro arrojo”, dijo, como si percibiera la nueva disposición de su pueblo a confrontar a los guardianes de su Estado policiaco comunista. “Tarde o temprano, cometerán un error, tal vez golpeando a alguien. Entonces 40,000 personas llenarán la Plaza de Wenceslao.”

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Cuatro meses después, en la semana siguiente a la caída del Muro de Berlín gracias al poder del pueblo, la revolución llegó a Praga. Los estudiantes organizaron un mitin en el cementerio de Vyšehrad , donde se encuentran las tumbas de Smetana y Dvořák, en una fortaleza que domina la ciudad. Mientras marchaban hacia la Plaza de Wenceslao con velas en las manos, la policía antidisturbios los interceptó y muchas personas –hombres, mujeres, niños- fueron brutalmente golpeadas.

Quienes cayeron fueron pateados y apaleados donde yacían. La noche del 17 de noviembre –“el viernes negro”, como rápidamente se le llamó- encendió a Checoslovaquia. El día siguiente, miles de checoslovacos salieron a las calles. Como Havel lo había previsto, su trabajo (y el del pequeño círculo de disidentes que lo rodeaba) sería avivar esa chispa, atizar el fuego- y dirigirlo.

Veinte años más tarde, no podemos más que maravillarnos de la forma tan brillante en que lo hicieron. Praga fue la revolución más feliz de 1989, un delirio de buenos sentimientos. La “Revolución de Terciopelo”, como Havel la llamó, fue una gran obra teatral, un espectáculo geopolítico que se desarrolló con viñetas, escenas y actos, con apariciones de rostros famosos del pasado, incluyendo a Alexander Dubcek y Joan Baez.

Los disidentes recién salidos de prisión y los exilados eminentes súbitamente regresaron a casa. El tema musical fue el Velvet Underground . El escenario, la Linterna Mágica, el teatro clandestino que era el cuartel general de Havel. El telón de fondo fue Praga, increíblemente hermosa y romántica, la ciudad de las cien torres, con casas e iglesias de color ocre, con una luminosidad cambiante al atardecer, con la luz de la luna reflejada en el Moldava.

La audiencia, por supuesto, fue el mundo. Vimos en la televisión lo que estaba sucediendo. Vimos a la gente, reunida en la Plaza de Wenceslao, cientos de miles, agitando llaves y campanas en un adiós al comunismo lleno de buen humor: “Ya se acabó”. Fue tan puro, tan limpio. Fue el clímax del relato, el Año de la Caída, un hito en la historia, un cliché transmutado en la verdad.

Sabíamos que nuestros héroes ganarían. Todos los que participaron se sintieron rejuvenecidos, como si el mundo hubiera vuelto a crearse súbita, misteriosa, eufóricamente. A Disney no se la habría podido ocurrir una transformación más seductora. Ahí estaban nuestros hijos, tomando las calles. Ahí estaban nuestros hijos, ensangrentados y golpeados. Ahí estaban nuestros hijos, victoriosos por fin.

Fue útil que esta revolución se haya dado en cuestión de días, un milagro de compresión. Cuando se les hizo frente, los comunistas dejaron el poder casi a la carrera. Un organizador del mitin del 17 de noviembre me dijo que en el momento que vio que llegaban 20,000 personas, cuando él esperaba algunos cientos, supo que ese día todo había terminado. De ser así, el desenlace se dio el 29 de diciembre, cuando Václav Havel se convirtió en el nuevo presidente de una Checoslovaquia libre.

Para mí, el momento decisivo fue el undécimo día. Medio millón de personas se habían congregado en el parque Letná de Praga para escuchar a Havel. Hasta el día de hoy se me llenan de lágrimas los ojos cada vez que lo recuerdo. Cuando Havel terminó, una ligera nieve comenzó a caer y, como si esa hubiera sido la señal, el público tomó sus lugares. Uno por uno, formando una sola fila, tomados de la mano comenzaron a caminar hacia la Plaza de Wenceslao, a más de dos kilómetros de distancia, siguiendo a una desvencijada carreta tirada por caballos adornada con alas de ángeles.

Fue tan delicado, tan fuerte e irresistible. Lentamente la procesión avanzó por las veredas del bosque de Letná, cubierto ya de blanco. Lentamente pasó por las calles medievales que están detrás del Castillo de Praga hasta llegar frente al palacio presidencial. No hubo cantos, no hubo gritos, ninguna señal de confrontación. Solo la fila ininterrumpida de personas tomadas de las manos que caminaban silenciosamente en la blanca oscuridad, la fila que serpenteaba varias veces afuera de las imponentes rejas.

Desde el Castillo, la fila descendía por las empinadas colinas de Malá Strana, pasaba por la gran catedral barroca, con sus torres iluminadas en la noche nevada, seguía por la calle Mostecká, con sus cafés y restaurantes, cruzaba el reluciente Moldava por el Puente de Carlos, con sus estatuas de 400 años de reyes y salvadores religiosos checos, continuaba por las estrechas calles de la Ciudad Vieja y llegaba finalmente a la Plaza de Wenceslao, donde yo vi a tres policías que se unieron a la procesión, con sus gorras puestas con desparpajo y bailando con sus botas de cuero negro.

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Y la procesión seguía llegando, zigzagueando por la nieve. Todo el mundo agitaba los brazos, saltaban, estaban felices. Los primeros ya habían llegado a la Plaza. Los últimos seguían esperando pacientemente en el parque. De la mano, dividieron la ciudad en dos. De la mano trazaron una línea. De este lado estaba el pueblo; del otro, sus opresores. Todos tuvieron que elegir.

Desde lo alto de la ciudad, yo miraba a la gente que bailaba por las calles. Praga yacía a la distancia, iluminada y luminosa en la nieve. Nunca en mi vida he visto algo tan hermoso. Dudo que vuelva a ver algo así.