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La traición de las élites

Actualmente, las élites se sienten inseguras en todas partes. Algunos, si no es que todos los políticos están bajo sospechas de corrupción. Se acusa a los directores corporativos de buscar ganancias personales a corto plazo en lugar de la prosperidad social. A los jefes sindicales se les tilda de retrógrados, a los intelectuales se les achaca la búsqueda de la fama y no de la verdad y a los periodistas se les ataca por complacientes.

Paradójicamente, esta tendencia a criticar a las élites va de la mano de esfuerzos para ingresar a ellas.

Aparentemente, las democracias necesitan élites, pero las encuentran ofensivas. Francia es un estudio de caso de esta esquizofrenia política. Se percibe al viejo sistema elitista francés como el causante de la atrofia en la economía, en el sistema educativo y en la propia democracia. Dado que una sociedad no se “bloquea” sola, se culpa a un grupo pequeño y aislado que percibe cualquier cambio como una amenaza.

Abundan los ejemplos de esta parálisis: la ausencia de evaluaciones externas serias en las universidades; puntos ciegos en el parlamento en lo que se refiere a la supervisión del gobierno; autoridades locales que se traslapan; insuficiencia de cuerpos supervisores para las grandes compañías. Algunos le llaman a esto “parisinismo”, es decir, el gobierno por una élite intelectual cerrada al mundo exterior. Gran parte de la prensa adula el poder de esta intelligentsia apretujada, lo que, por supuesto, debilita los esfuerzos para cambiarla.