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El mito del comercio y la ayuda

El comercio y la ayuda se han convertido en palabras de moda a nivel internacional. Una mayor asistencia (incluyendo la condonación de la deuda) y un mayor acceso a los mercados de los países ricos para los productos de los países pobres parecen estar en el primer lugar de la agenda global. En efecto, el debate hoy en día no es sobre qué hacer sino cuánto hacer y qué tan rápido.

En todo esto se pierden las claras lecciones de las últimas cinco décadas de desarrollo económico. Entre las más importantes destaca que el desarrollo económico está en gran medida en manos de las naciones pobres mismas. Los países que han tenido éxito en el pasado reciente lo han obtenido mediante su propio esfuerzo. La ayuda y el acceso a los mercado rara vez han desempeñado un papel crítico.

Consideremos un país que tiene acceso libre y preferencial a los mercados de su vecino más grande, que además es la economía más poderosa del mundo. Supongamos por otra parte que ese país puede enviar a millones de sus ciudadanos a trabajar del otro lado de la frontera, que recibe un volumen inmenso de inversión y que está totalmente integrado a las cadenas de producción internacionales. Además, al sistema bancario del país lo apoya la disposición demostrada por su vecino rico de servir como prestamista de último recurso. La globalización no puede ser mejor, ¿cierto?

Ahora consideremos un segundo país. Este se enfrenta a un embargo comercial en el mercado más grande del mundo, no recibe ayuda extranjera ni ningún tipo de asistencia de Occidente, está excluido de organizaciones internacionales como la OMC y se le impide pedir préstamos del FMI y del Banco Mundial. Por si esas desventajas externas no fueran suficientemente debilitadoras, esta economía también mantiene sus propios obstáculos elevados al comercio internacional (como comercio de Estado, aranceles de importación y restricciones cuantitativas).